Capítulo VII. Porvenir de la brujería
Capítulo VII. Porvenir de la brujería
I. Desafricanización de la brujería.—II. El brujo, tipo de la mala vida.—Brujos incorregibles y corregibles. II. Represión actual de la brujería.—Necesidad de criterios positivistas.—Acción directa contra los brujos.—Su justificación.—Sus formas.—Su extensión.—Sustitutivos penales.—La instrucción.—La religión.—Otras medidas profilácticas.
I. Desafricanización de la brujería.—II. El brujo, tipo de la mala vida.—Brujos incorregibles y corregibles. II. Represión actual de la brujería.—Necesidad de criterios positivistas.—Acción directa contra los brujos.—Su justificación.—Sus formas.—Su extensión.—Sustitutivos penales.—La instrucción.—La religión.—Otras medidas profilácticas.
Conocidos en sus diversos aspectos la historia y el estado de la brujería en Cuba, ocurre preguntar acerca de su porvenir.
Conocidos en sus diversos aspectos la historia y el estado de la brujería en Cuba, ocurre preguntar acerca de su porvenir.
Sin las pretensiones de infalibilidad de los propios brujos agoreros, puede vaticinarse la evolución futura de la brujería, teniendo en cuenta el elemento esencial que le da vida y las circunstancias favorables y adversas del ambiente.
Sin las pretensiones de infalibilidad de los propios brujos agoreros, puede vaticinarse la evolución futura de la brujería, teniendo en cuenta el elemento esencial que le da vida y las circunstancias favorables y adversas del ambiente.
La ignorancia produce el miedo y de éste nacen, con carácter defensivo, las supersticiones, que son defensivas tan sólo aparentemente, y que evolucran un elemento negativo para el progreso social, tan negativo como el sentimiento de miedo que los inspira, Por esto Sergi las ha llamado función patológica de la defensa psíquica. Siendo así, natural es que el progreso intelectual traiga á Cuba, como al resto del mundo, la progresiva debilitación de las supersticiones, infunda más fe en nosotros mismos y vaya borrando la que se tiene en lo sobrenatural, pues, como ha dicho Bain, el gran remedio contra el miedo es la ciencia. Si los blancos religiosos van logrando, aunque lentamente, ir desembarazando su fe del elemento puramente metafísico, refugiándose en lo que le resta del moral, los fetichistas, en cambio, fieles de una religión amoral, aún se aplican, sobrenaturalmente, los fenómenos naturales. Si los blancos han separado poco á poco de la religión á la ciencia, considerando aquélla solamente como norma ética de vida, los brujos no tienen otra ciencia que su fe religiosa, y su moral está muy lejos de someterse á reglamentos divinos. Si aquellos blancos intelectualmente superiores han despersonificado totalmente la naturaleza y concedido autonomía é imperio á la ciencia, y los fenómenos religiosos no son para ellos sino supervivencias; si la masa social poliétnica permanece en equilibrio entre religión y ciencia, cuyos fenómenos de ambos son en ella concomitantes, para los negros brujos, los errores religiosos lo obscurecen todo y los fenómenos científicos no son sino lo que se puede llamar superveniencias.
La ignorancia produce el miedo y de éste nacen, con carácter defensivo, las supersticiones, que son defensivas tan sólo aparentemente, y que evolucran un elemento negativo para el progreso social, tan negativo como el sentimiento de miedo que los inspira, Por esto Sergi las ha llamado función patológica de la defensa psíquica. Siendo así, natural es que el progreso intelectual traiga a Cuba, como al resto del mundo, la progresiva debilitación de las supersticiones, infunda más fe en nosotros mismos y vaya borrando la que se tiene en lo sobrenatural, pues, como ha dicho Bain, el gran remedio contra el miedo es la ciencia. Si los blancos religiosos van logrando, aunque lentamente, ir desembarazando su fe del elemento puramente metafísico, refugiándose en lo que le resta del moral, los fetichistas, en cambio, fieles de una religión amoral, aún se aplican, sobrenaturalmente, los fenómenos naturales. Si los blancos han separado poco a poco de la religión a la ciencia, considerando aquélla solamente como norma ética de vida, los brujos no tienen otra ciencia que su fe religiosa, y su moral está muy lejos de someterse a reglamentos divinos. Si aquellos blancos intelectualmente superiores han despersonificado totalmente la naturaleza y concedido autonomía e imperio a la ciencia, y los fenómenos religiosos no son para ellos sino supervivencias; si la masa social poliétnica permanece en equilibrio entre religión y ciencia, cuyos fenómenos de ambos son en ella concomitantes, para los negros brujos, los errores religiosos lo obscurecen todo y los fenómenos científicos no son sino lo que se puede llamar superveniencias.
El aspecto exclusivamente religioso de la brujería es el que va desapareciendo rápidamente, no siendo dudoso que se extinguirá cuando todavía los brujos sean curanderos y adivinos. En 1899 se contaban en Cuba unos 13.000 negros nativos de Africa; cuando éstos desaparezcan, lo que sucederá tras un par de generaciones á lo sumo, la fe en Obatalá habrá cesado, ya que no son de presumir nuevas inmigraciones de negros africanos igualmente primitivos. Los negros de entonces, ó seguirán las creencias de los blancos con acentuación más fetichista, ó serán arrastrados por la despreocupación general en materia religiosa, y por el torbellino de las luchas económicas, que rebosarán de los ya hoy desmoronados diques de la fe.
El aspecto exclusivamente religioso de la brujería es el que va desapareciendo rápidamente, no siendo dudoso que se extinguirá cuando todavía los brujos sean curanderos y adivinos. En 1899 se contaban en Cuba unos 13.000 negros nativos de Africa; cuando éstos desaparezcan, lo que sucederá tras un par de generaciones a lo sumo, la fe en Obatalá habrá cesado, ya que no son de presumir nuevas inmigraciones de negros africanos igualmente primitivos. Los negros de entonces, o seguirán las creencias de los blancos con acentuación más fetichista, o serán arrastrados por la despreocupación general en materia religiosa, y por el torbellino de las luchas económicas, que rebosarán de los ya hoy desmoronados diques de la fe.
El brujo hechicero tendrá más vida, porque, siguiendo la corriente iniciada, va abandonando los resabios religiosos, y entra en el campo del curandero, de la medicina popular y casera; pero ésta pa una inteligencia más desarrollada que la de los infelices negros brujos, los cuales, cuando aún exista la creencia en la curandería, han de verse derrotados por los blancos, que ya hoy les hacen terrible y á veces victoriosa concurrencia.
El brujo hechicero tendrá más vida, porque, siguiendo la corriente iniciada, va abandonando los resabios religiosos, y entra en el campo del curandero, de la medicina popular y casera; pero ésta pa una inteligencia más desarrollada que la de los infelices negros brujos, los cuales, cuando aún exista la creencia en la curandería, han de verse derrotados por los blancos, que ya hoy les hacen terrible y a veces victoriosa concurrencia.
El brujo agorero subsistirá, probablemente, aun sin ser sacerdote ni hechicero. Si no lleva trazas de desaparecer la supervivencia de los oráculos entre los blancos, tan potente todavía, puede deducirse una tenacidad igual, por lo menos, en las semejantes mateotecnias de los negros. Pero claro está que el brujo negro tiene su suerte unida al progreso intelectual de su raza, que tendrá que asimilarse los procedimientos adivinatorios, bastante más intelectuales de los blancos, como, por ejemplo, la quiromancia; y que, pese á esto, verá crecer más y más su desprestigio, por el nivel de la cultura general que va elevándose y por la concurrencia de las supersticiones adivinatorias de los blancos, por las quirománticas, las cartománticas y hasta por las seudo-científicas, magas de la mediumnidad espiritista.
El brujo agorero subsistirá, probablemente, aun sin ser sacerdote ni hechicero. Si no lleva trazas de desaparecer la supervivencia de los oráculos entre los blancos, tan potente todavía, puede deducirse una tenacidad igual, por lo menos, en las semejantes mateotecnias de los negros. Pero claro está que el brujo negro tiene su suerte unida al progreso intelectual de su raza, que tendrá que asimilarse los procedimientos adivinatorios, bastante más intelectuales de los blancos, como, por ejemplo, la quiromancia; y que, pese a esto, verá crecer más y más su desprestigio, por el nivel de la cultura general que va elevándose y por la concurrencia de las supersticiones adivinatorias de los blancos, por las quirománticas, las cartománticas y hasta por las seudo-científicas, magas de la mediumnidad espiritista.
La brujería en cualquiera de sus tres aspectos se irá desafricanizando; hé ábi'todo, pues desgraciadamente, cuando ya Obatalá no tenga fieles, cuando ya los embós no produzcan la salación ó la dicha; cuando ya el collar de Ifá resulte indescifrable, todavía las inteligencias pobres encontrarán pábulo á sus supersticiones en las creencias que hoy son patrimonio casi exclusivo de los blancos; y su miedo al porvenir, á la enfermedad, á lo desconocido en general, hallará los moldes blancos en que vaciar sus fantásticas inspiraciones. Pasará mucho tiempo antes de que el miedo, consciente ó inconsciente á lo sobrenatural, así en la sociedad cubana como en las extranjeras, así en una como en otra raza, quede ahogado por superiores estratos de civilización y deje de ser una determinante de importancia en la vida y un freno á los avances del progresivo mejoramiento humano.
La brujería en cualquiera de sus tres aspectos se irá desafricanizando; hé ábi'todo, pues desgraciadamente, cuando ya Obatalá no tenga fieles, cuando ya los embós no produzcan la salación o la dicha; cuando ya el collar de Ifá resulte indescifrable, todavía las inteligencias pobres encontrarán pábulo a sus supersticiones en las creencias que hoy son patrimonio casi exclusivo de los blancos; y su miedo al porvenir, a la enfermedad, a lo desconocido en general, hallará los moldes blancos en que vaciar sus fantásticas inspiraciones. Pasará mucho tiempo antes de que el miedo, consciente o inconsciente a lo sobrenatural, así en la sociedad cubana como en las extranjeras, así en una como en otra raza, quede ahogado por superiores estratos de civilización y deje de ser una determinante de importancia en la vida y un freno a los avances del progresivo mejoramiento humano.
III. Son suficientes los razonamientos que anteceden para determinar cuál debe ser la posición de la sociedad civilizada, representada por los poderes públicos, frente á tales manifestaciones de grosera superstición. El carácter de antisocial, de rémora de la cultura, que puede atribuirse sin vacilación á la brujería, basta para justificar las medidas tendentes á la atenuación y ulterior desaparición de aquélla. Pero para poder precisar medios concretos de acción, es necesario antes definir por completo el carácter antisocial de la brujería en sus tres conocidos aspectos, con la consideración de las formas concretas en que aquél se demuestra, recordando en parte observaciones anteriores.
III. Son suficientes los razonamientos que anteceden para determinar cuál debe ser la posición de la sociedad civilizada, representada por los poderes públicos, frente a tales manifestaciones de grosera superstición. El carácter de antisocial, de rémora de la cultura, que puede atribuirse sin vacilación a la brujería, basta para justificar las medidas tendentes a la atenuación y ulterior desaparición de aquélla. Pero para poder precisar medios concretos de acción, es necesario antes definir por completo el carácter antisocial de la brujería en sus tres conocidos aspectos, con la consideración de las formas concretas en que aquél se demuestra, recordando en parte observaciones anteriores.
Como ya he dicho en otro lugar, no puede achacarse á la brujería afro-cubana el carácter maléfico en el grado que á la haitiana, á la jamaiquina, etc. Las muertes cometidas por sus sectarios son insuficientes para tachar á aquélla de criminosa hasta el extremo del homicidio habitual. Es seguro que en la soledad de los palenques, ó en los campos en tiempos antiguos, los brujos han llevado á cabo asesinatos con objeto de procurarse ingredientes para sus embós, y quizás á la vez ofrendas para sus ídolos; pero actualmente un hecho semejante es excepcional, como lo demuestra la extraordinaria impresión causada por el crimen brujo cometido por Bocú en el Gabriel y los demás posteriores. Pero el germen delictuoso casi siempre se encuentra, aunque larvado, en la psiquis del brujo, y cuando en éste se reunen el fanatismo de sus supersticiones con un exceso de impulsividad busca salida por la vía de la brujería y entonces se llega al delito.
Como ya he dicho en otro lugar, no puede achacarse a la brujería afrocubana el carácter maléfico en el grado que a la haitiana, a la jamaiquina, etc. Las muertes cometidas por sus sectarios son insuficientes para tachar a aquélla de criminosa hasta el extremo del homicidio habitual. Es seguro que en la soledad de los palenques, o en los campos en tiempos antiguos, los brujos han llevado a cabo asesinatos con objeto de procurarse ingredientes para sus embós, y quizás a la vez ofrendas para sus ídolos; pero actualmente un hecho semejante es excepcional, como lo demuestra la extraordinaria impresión causada por el crimen brujo cometido por Bocú en el Gabriel y los demás posteriores. Pero el germen delictuoso casi siempre se encuentra, aunque larvado, en la psiquis del brujo, y cuando en éste se reunen el fanatismo de sus supersticiones con un exceso de impulsividad busca salida por la vía de la brujería y entonces se llega al delito.
También he de recordar aquí lo dicho en otra parte de este libro referente á los envenenamientos de la brujería, excusando repetirlo.
También he de recordar aquí lo dicho en otra parte de este libro referente a los envenenamientos de la brujería, excusando repetirlo.
La brujería afro-cubana, tal como hoy se manifiesta, no inspira habitualmente el homicidio. Cuando tan grave crimen tiene lugar es que la criminalidad de un brujo, criminosidad que existe por sí dentro ó fuera de sus supersticiones y hechizos, se ha plasmado en la brujería como en un molde propicio para dar forma á sus impulsiones criminosas; pero no que aquélla sea á manera de pendiente por la cual ha de rodar forzosamente el brujo hasta caer en el homicidio. La brujería puede decirse que es (adoptando el conocido símil de Lacassagne) el caldo de cultivo adecuado para el desarrollo del microbio criminoso contenido en la psiquis del brujo; pero si en ésta no existe larvado el germen de la criminalidad, no se produce en aquélla por generación espontánea.
La brujería afrocubana, tal como hoy se manifiesta, no inspira habitualmente el homicidio. Cuando tan grave crimen tiene lugar es que la criminalidad de un brujo, criminosidad que existe por sí dentro o fuera de sus supersticiones y hechizos, se ha plasmado en la brujería como en un molde propicio para dar forma a sus impulsiones criminosas; pero no que aquélla sea a manera de pendiente por la cual ha de rodar forzosamente el brujo hasta caer en el homicidio. La brujería puede decirse que es (adoptando el conocido símil de Lacassagne) el caldo de cultivo adecuado para el desarrollo del microbio criminoso contenido en la psiquis del brujo; pero si en ésta no existe larvado el germen de la criminalidad, no se produce en aquélla por generación espontánea.
Un curioso aspecto de la influencia del fanatismo brujo en el homicidio es el revelado por el caso reseñado al final del capítulo anterior. Una negra amenaza con matar á otra por medio de la brujería y confía su venganza á la acción de sucesivos embós contra su víctima; pero ésta, una histérica, africanamente impulsiva (fig. núm. 33) aterrorizada por el contínuo peligro de morir por la brujería, se decide á asesinar á su enemiga por medio más rápido; compra un cuchillo para el crimen, va en busca de aquélla y al encontrarla en un tranvía sube á él y la apuñalea con la fuerza que da el convencimiento de realizar un acto justo, con la seguridad de obrar en su propia defensa. Una inteligencia civilizada habría despreciado los embós, la inteligencia salvajemente africana de la homicida determinó su acto de histérica acometividad, como lo hubiera hecho en África, hacia el asesinato, que allí en el continente negro, por haber reaccionado contra la autora de un hechizo, habría merecido la unánime aprobación de la sociedad primitiva en que se hubiese cometido. Ambas negras, asesina y víctima, estaban afiliadas á distintas cofradías brujas, á juzgar por los distintos hábitos que llevaban. De ser así, ¿no puede haber intervenido en el móvil del delito la rivalidad de dos brujos entre sí, ó por lo menos la rivalidad entre los htjos de distintos santos? La respuesta me es. imposible; pero la pregunta es, sin duda, motivada.
Un curioso aspecto de la influencia del fanatismo brujo en el homicidio es el revelado por el caso reseñado al final del capítulo anterior. Una negra amenaza con matar a otra por medio de la brujería y confía su venganza a la acción de sucesivos embós contra su víctima; pero ésta, una histérica, africanamente impulsiva (fig. núm. 33) aterrorizada por el contínuo peligro de morir por la brujería, se decide a asesinar a su enemiga por medio más rápido; compra un cuchillo para el crimen, va en busca de aquélla y al encontrarla en un tranvía sube a él y la apuñalea con la fuerza que da el convencimiento de realizar un acto justo, con la seguridad de obrar en su propia defensa. Una inteligencia civilizada habría despreciado los embós, la inteligencia salvajemente africana de la homicida determinó su acto de histérica acometividad, como lo hubiera hecho en África, hacia el asesinato, que allí en el continente negro, por haber reaccionado contra la autora de un hechizo, habría merecido la unánime aprobación de la sociedad primitiva en que se hubiese cometido. Ambas negras, asesina y víctima, estaban afiliadas a distintas cofradías brujas, a juzgar por los distintos hábitos que llevaban. De ser así, ¿no puede haber intervenido en el móvil del delito la rivalidad de dos brujos entre sí, o por lo menos la rivalidad entre los htjos de distintos santos? La respuesta me es. imposible; pero la pregunta es, sin duda, motivada.
El aspecto mixto de religión y hechicería de las supersticiones y prácticas brujas obra como factor de otro delito que causa repulsión intensa, cual es el llamado violación de sepulturas, y que es una atenuación y á la vez en ciertos casos un sustitutivo del homicidio, por razones ya expuestas.
El aspecto mixto de religión y hechicería de las supersticiones y prácticas brujas obra como factor de otro delito que causa repulsión intensa, cual es el llamado violación de sepulturas, y que es una atenuación y a la vez en ciertos casos un sustitutivo del homicidio, por razones ya expuestas.
El mismo culto brujo lleva también á otros delitos, aunque de menor transcendencia. Así, por ejemplo, se ha dado el caso de tener un brujo dedicado un muchacho al hurto de gallos para las ofrendas litúrgicas. Aparte de la hoy no siempre bien provista bolsa de los sacerdotes de la brujería, como de la mayoría de sus creyentes, lo que no en pocos casos dificultará que los dioses reciban el sacrificio que apetecen, puede también impulsar al hurto de gallos, el rigor del ritual que exige en ciertos casos precisamente gallos para ser ofrendados, llegando á veces hasta á detallar el color de sus plumas. Lo mismo puede decirse con referencia á otras aves, ya para limpiezas, ya para la preparación de los embós, etc. Así también para otros animales; en el campo, donde debido al ambiente favorable es más fácil el sacrificio de reses, se llega al robo de éstas para su consagración á los ídolos. A veces para el éxito de ciertas prácticas de hechicería es necesario algún objeto adquirido ilegítimamente. No obstante, los delitos contra la propiedad nacidos del culto brujo son de escasa importancia. Si el respeto á la propiedad ajena no es muy firme en los brujos, contribuye á ello los resabios africanos derivados de su condición sacerdotal, que allá les permitía cualquier acto depredatorio disfrazado con alguna finalidad religiosa. Hasta los mismos fieles se valían de esta su condición para atropellar al prójimo; díganlo si no los robos cometidos religiosamente por los sectarios de Shangó, como ya he dicho.
El mismo culto brujo lleva también a otros delitos, aunque de menor transcendencia. Así, por ejemplo, se ha dado el caso de tener un brujo dedicado un muchacho al hurto de gallos para las ofrendas litúrgicas. Aparte de la hoy no siempre bien provista bolsa de los sacerdotes de la brujería, como de la mayoría de sus creyentes, lo que no en pocos casos dificultará que los dioses reciban el sacrificio que apetecen, puede también impulsar al hurto de gallos, el rigor del ritual que exige en ciertos casos precisamente gallos para ser ofrendados, llegando a veces hasta a detallar el color de sus plumas. Lo mismo puede decirse con referencia a otras aves, ya para limpiezas, ya para la preparación de los embós, etc. Así también para otros animales; en el campo, donde debido al ambiente favorable es más fácil el sacrificio de reses, se llega al robo de éstas para su consagración a los ídolos. A veces para el éxito de ciertas prácticas de hechicería es necesario algún objeto adquirido ilegítimamente. No obstante, los delitos contra la propiedad nacidos del culto brujo son de escasa importancia. Si el respeto a la propiedad ajena no es muy firme en los brujos, contribuye a ello los resabios africanos derivados de su condición sacerdotal, que allá les permitía cualquier acto depredatorio disfrazado con alguna finalidad religiosa. Hasta los mismos fieles se valían de esta su condición para atropellar al prójimo; díganlo si no los robos cometidos religiosamente por los sectarios de Shangó, como ya he dicho.
Un factor que puede ser considerado como verdaderamente antisocial, por lo salvaje, es el baile brujo; lo mismo si se trata del baile convulsionario, procedimiento hipnótico para producir el estado epiléptico llamado dar el santo, como respecto al baile lascivo frecuente en sus fiestas así religiosas como profanas, sin que sea preciso insistir en demostrar su antisocialidad.
Un factor que puede ser considerado como verdaderamente antisocial, por lo salvaje, es el baile brujo; lo mismo si se trata del baile convulsionario, procedimiento hipnótico para producir el estado epiléptico llamado dar el santo, como respecto al baile lascivo frecuente en sus fiestas así religiosas como profanas, sin que sea preciso insistir en demostrar su antisocialidad.
Lo mismo puede decirse de aquella superstición muy extendida que hace confiar ciegamente en tal ó cual amuleto preparado por el brujo, ó en el fetiche gráfico de procedencia europea llamado oración al Justo Juez, como garantía contra las persecuciones de la justicia, como salvaguardia de la impunidad. Si el brujo, en su carácter de sacerdote, no llega hasta la absolución previa de los pecados futuros, es por que éstos no han de existir para él. La amoralidad del brujo no le lleva á procurar la impunidad de sus fieles en la vida de ultratumba; pero le preocupa conseguir la indemnidad terrenal por medio de los amuletos. El delito, como todo acto general, no es reprobable por él sino en cuanto acarrea el peligro de las represalias, como si se tratara del más inocente paseo nocturno por el interior de una selva habitada por fieras. Contra los dos riesgos hay que preservarse por los gris-grís, no siendo esencial la diferencia entre ambos.
Lo mismo puede decirse de aquella superstición muy extendida que hace confiar ciegamente en tal o cual amuleto preparado por el brujo, o en el fetiche gráfico de procedencia europea llamado oración al Justo Juez, como garantía contra las persecuciones de la justicia, como salvaguardia de la impunidad. Si el brujo, en su carácter de sacerdote, no llega hasta la absolución previa de los pecados futuros, es por que éstos no han de existir para él. La amoralidad del brujo no le lleva a procurar la impunidad de sus fieles en la vida de ultratumba; pero le preocupa conseguir la indemnidad terrenal por medio de los amuletos. El delito, como todo acto general, no es reprobable por él sino en cuanto acarrea el peligro de las represalias, como si se tratara del más inocente paseo nocturno por el interior de una selva habitada por fieras. Contra los dos riesgos hay que preservarse por los gris-grís, no siendo esencial la diferencia entre ambos.
El culto brujo es, en fin, socialmente negativo con relación al mejoramiento de nuestra sociedad, porque dada la primitividad que le es característica, totalmente amoral, contribuye á retener las conciencias de los negros incultos en los bajos fondos de la barbarie africana.
El culto brujo es, en fin, socialmente negativo con relación al mejoramiento de nuestra sociedad, porque dada la primitividad que le es característica, totalmente amoral, contribuye a retener las conciencias de los negros incultos en los bajos fondos de la barbarie africana.
El brujo afro-cubano, como hechicero, es no menos socialmente dañino. No obstante, ya me he referido al contraste que presentan entre sí los brujos de Cuba y sus colegas de otras Antillas y alguna región americana continental, respecto á su fama de envenenadores, por más que tal contraste no llegue á los extremos que harían suponer la superstición popular de aquellos países, achacando preciosas dotes de toxicólogos y habitual tendencia criminosa á sus obís, onangas, etc., y la falta de estadística criminal en Cuba, que libra á nuestros brujos de una acusación semejante formulada en vista de datos positivos. La opinión pública ha señalado no ha mucho tiempo algunos casos de envenenamientos; pero los brujos afro-cubanos gozan, sin embargo, de mejor fama que los citados colegas. Pero si nuestros hechiceros no han llegado á la ejecución habitual de envenenamientos, merece tenerse en cuenta el empleo de terribles embós, ejecutores de envenenamientos intencionales, como con expresión feliz dice Corre. Y es de considerar si la facilidad con que se consiguen y aplican los embós maléficos ocasiona la conservación en aquéllos que los emplean de la tendencia homicida ó delictuosa en general, aunque reducida á la forma más intranscendentemente alevosa; ó bien sirve de base á una especie de simbiosis de la superstición, por cuya tangente se desvarían, de ser así, ciertos impulsos criminosos, que de no plasmarse en un embó determinarían el delito por el puñal ó el veneno.
El brujo afrocubano, como hechicero, es no menos socialmente dañino. No obstante, ya me he referido al contraste que presentan entre sí los brujos de Cuba y sus colegas de otras Antillas y alguna región americana continental, respecto a su fama de envenenadores, por más que tal contraste no llegue a los extremos que harían suponer la superstición popular de aquellos países, achacando preciosas dotes de toxicólogos y habitual tendencia criminosa a sus obís, onangas, etc., y la falta de estadística criminal en Cuba, que libra a nuestros brujos de una acusación semejante formulada en vista de datos positivos. La opinión pública ha señalado no ha mucho tiempo algunos casos de envenenamientos; pero los brujos afrocubanos gozan, sin embargo, de mejor fama que los citados colegas. Pero si nuestros hechiceros no han llegado a la ejecución habitual de envenenamientos, merece tenerse en cuenta el empleo de terribles embós, ejecutores de envenenamientos intencionales, como con expresión feliz dice Corre. Y es de considerar si la facilidad con que se consiguen y aplican los embós maléficos ocasiona la conservación en aquéllos que los emplean de la tendencia homicida o delictuosa en general, aunque reducida a la forma más intranscendentemente alevosa; o bien sirve de base a una especie de simbiosis de la superstición, por cuya tangente se desvarían, de ser así, ciertos impulsos criminosos, que de no plasmarse en un embó determinarían el delito por el puñal o el veneno.
Pero aunque los bilongos brujos inspiren generalmente lástima y mofa, no es menos cierto que la hechicería entra á menudo en un terreno de hecho indiscutiblemente delictuoso.
Pero aunque los bilongos brujos inspiren generalmente lástima y mofa, no es menos cierto que la hechicería entra a menudo en un terreno de hecho indiscutiblemente delictuoso.
De los filtros que prepara, principalmente los amorosos, pueden resultar verdaderos atentados á la salud de las personas que sufran su acción. La venta de afrodisíacos, por ejemplo, para amarrar la voluntad del amante esquivo, al cual se le administran lo más ocultamente posible, puede llegar hasta producir una real acción. Lo mismo puede decirse respecto á los anafrodisíacos.
De los filtros que prepara, principalmente los amorosos, pueden resultar verdaderos atentados a la salud de las personas que sufran su acción. La venta de afrodisíacos, por ejemplo, para amarrar la voluntad del amante esquivo, al cual se le administran lo más ocultamente posible, puede llegar hasta producir una real acción. Lo mismo puede decirse respecto a los anafrodisíacos.
Delictuosa es también la preparación de abortivos, dándose casos de haber éstos originado trastornos mentales en las infelices que los tomaron, y hasta su muerte. Caso curioso de aborto provocado es el citado en las págs. 297 y 298 en el cual se revela toda la barbarie africana de sus autores.
Delictuosa es también la preparación de abortivos, dándose casos de haber éstos originado trastornos mentales en las infelices que los tomaron, y hasta su muerte. Caso curioso de aborto provocado es el citado en las págs. 297 y 298 en el cual se revela toda la barbarie africana de sus autores.
En los estupros, violaciones y seducciones, interviene también, con frecuencia, la brujería, á veces con simples afrodisíacos, pero en otras ocasiones con narcóticos, no siendo raro el caso en que el mismo brujo sea el que aproveche de sus hechizos.
En los estupros, violaciones y seducciones, interviene también, con frecuencia, la brujería, a veces con simples afrodisíacos, pero en otras ocasiones con narcóticos, no siendo raro el caso en que el mismo brujo sea el que aproveche de sus hechizos.
En todo caso, cuando la hechicería de los brujos prepara embós, tengan ó no acción real sobre el organismo humano, ello constituye un ejercicio ilegal de la medicina, y desde este punto de vista excuso patentizar la antisocialidad de aquélla porque salta á la vista. Y la medicina bruja no sólo se extiende á los negros; bastantes blancos son sus víctimas, lo que prueba su arraigo y temibilidad.
En todo caso, cuando la hechicería de los brujos prepara embós, tengan o no acción real sobre el organismo humano, ello constituye un ejercicio ilegal de la medicina, y desde este punto de vista excuso patentizar la antisocialidad de aquélla porque salta a la vista. Y la medicina bruja no sólo se extiende a los negros; bastantes blancos son sus víctimas, lo que prueba su arraigo y temibilidad.
Como agorero el brujo es también involutivo. Desde luego, lo que cobra por echar las caracoles ó el collar de Ifá, así como el precio de algunos embós y de las limpiezas, son verdaderas estafas, explotación abusiva de la ignorancia y fanática credulidad de las víctimas.
Como agorero el brujo es también involutivo. Desde luego, lo que cobra por echar las caracoles o el collar de Ifá, así como el precio de algunos embós y de las limpiezas, son verdaderas estafas, explotación abusiva de la ignorancia y fanática credulidad de las víctimas.
Los vaticinios brujos y sus descubrimientos de cosas ocultas, aun cuando no conduzcan á la aplicación de un embó, consiguen trastornar más aún las vacilantes normas de conducta de sus víctimas, sometiéndolas por sugestión al influjo de determinantes casi siempre inmorales, ilógicas por lo menos. Principalmente, en la paz conyugal el brujo influye con harta frecuencia y casi siempre de manera disolvente.
Los vaticinios brujos y sus descubrimientos de cosas ocultas, aun cuando no conduzcan a la aplicación de un embó, consiguen trastornar más aún las vacilantes normas de conducta de sus víctimas, sometiéndolas por sugestión al influjo de determinantes casi siempre inmorales, ilógicas por lo menos. Principalmente, en la paz conyugal el brujo influye con harta frecuencia y casi siempre de manera disolvente.
La brujería, en fin, es un obstáculo á la civilización, principalmente de la población de color, ya por ser la expresión más bárbara del sentimiento religioso desprovisto del elemento moral, que en algunas épocas y países alcanza una especie de simbiosis de aquél, ya por ser la negación de la cultura en cuanto se refiere á la causalidad de los fenómenos naturales y, concretamente, de las enfermedades; ya porque subvierte moralmente por la creencia y empleo de embós vengativos y amorosos, y sugiere en las personas que la consultan por la predicción de un porvenir, que está escrito, ó la pretendida revelación de un hecho oculto, desviaciones de aquellas normas de conducta que son propias de las conciencias sanas y emancipadas de la superstición.
La brujería, en fin, es un obstáculo a la civilización, principalmente de la población de color, ya por ser la expresión más bárbara del sentimiento religioso desprovisto del elemento moral, que en algunas épocas y países alcanza una especie de simbiosis de aquél, ya por ser la negación de la cultura en cuanto se refiere a la causalidad de los fenómenos naturales y, concretamente, de las enfermedades; ya porque subvierte moralmente por la creencia y empleo de embós vengativos y amorosos, y sugiere en las personas que la consultan por la predicción de un porvenir, que está escrito, o la pretendida revelación de un hecho oculto, desviaciones de aquellas normas de conducta que son propias de las conciencias sanas y emancipadas de la superstición.
En la psicología personal del brujo afro-cubano se manifiesta toda la antisocial de las supersticiones que ampara y aviva, en tal grado, que es incuestionable su definición como uno de los tipos más repugnantes y dañinos de la mala vida cubana.
En la psicología personal del brujo afrocubano se manifiesta toda la antisocial de las supersticiones que ampara y aviva, en tal grado, que es incuestionable su definición como uno de los tipos más repugnantes y dañinos de la mala vida cubana.
Casi siempre delincuente, estafador continuo, ladrón á menudo, violador y asesino en algunos casos, profanador de sepulcros cuando puede. Lujurioso hasta la más salvaje corrupción sexual, concubinario y polígamo, lascivo en las prácticas del culto y fuera de ellas, y fomentador de la prostitución ajena. Verdadero parásito social, por la general explotación de las inteligencias incultas y por la particular de sus varias concubinas.
Casi siempre delincuente, estafador continuo, ladrón a menudo, violador y asesino en algunos casos, profanador de sepulcros cuando puede. Lujurioso hasta la más salvaje corrupción sexual, concubinario y polígamo, lascivo en las prácticas del culto y fuera de ellas, y fomentador de la prostitución ajena. Verdadero parásito social, por la general explotación de las inteligencias incultas y por la particular de sus varias concubinas.
Pero así como el brujo, según ya he dicho, cree en la virtualidad de sus ídolos, de sus embós y sortilegios, la misma buena fe se extiende á gran parte de sus actos, aun cuando éstos sean considerados como inmorales y delictuosos. Porque el brujo cree que el corazón de una niña es remedio contra un daño, ordena el asesinato para obtener aquél; porque cree en el poder de un fetiche formado con restos humanos, profana las tumbas; porque cree en la eficacia de una limpieza, de un embó y de un oráculo, y se considera como sacerdote, hechicero y agorero, estafa á sus víctimas cobrando el oyá. Y al fanatismo del brujo se une la amoralidad de sus supersticiones, para permitir ciertos actos que él tiene por éticamente indiferentes. No son delictuosos ni inmorales para él la aplicación de hechizos dañinos, ni la desnudez en sus ritos, ni los pornográficos consejos, etc. Un penalista clásico hablaría aquí de la atenuación del grado del delito por defecto de inteligencia de su autor; fe llega á veces hasta el punto de que sus actos, objetivamente antisociales, sean inspirados subjetivamente por fines altruístas; los embós, aun los que contienen sangre y huesos humanos, no son siempre para salar, y con gran frecuencia sirven para curar daños. Debe notarse, y ello es en gran parte consecuencia del anterior carácter, que el brujo es reincidente. Bien es verdad que la represión de la brujería no ha sido nunca rigorosa, ni las leyes consienten que sea eficaz; las penas comunes de multa y de breve privación de libertad no son para ellos sino riesgos del oficio, que pueden correrse ventajosamente á cambio de los beneficios que les proporciona su parasitismo. Pero no es menos cierto que el fetichismo, como suele decirse, está en la masa de la sangre de los negros africanos, y en mayor grado en la psiquis de los brujos. La brujería es deficiencia de evolución. Los que en ella creen siguen las mismas creencias que en su país, si son africanos, ó si criollos, son los hijos de aquéllos y amamantados con sus mismas creencias; aparte de los blancos fetichistas que tanto se avecinan psicológicamente á los africanos, si es que no se identifican con éstos. Cuando el brujo de Africa y el de Cuba no son una misma persona, no media entre ellos más que un paso, una generación. El brujo afro-cubano, desde el punto de vista criminológico, es lo que Lombroso llamaría un delincuente nato, y este carácter de congénito puede aplicarse á todos sus atrasos morales, además de á su delincuencia. Pero el brujo nato no lo es por atavismo, en el sentido riguroso de esta palabra, es decir, como un salto atrás del individuo con relación al estado de progreso de la especie que forma el medio social al cual aquél debe adaptarse; más bien puede decirse que al ser transportado de Africa á Cuba fué el medio social el que para él saltó improvisadamente hacia adelante, dejándolo con sus compatriotas en las profundidades de su salvajismo, en los primeros escalones de la evolución de su psiquis. Por esto, con mayor propiedad que por el atavismo, pueden definirse los caracteres del brujo por la primitividad psíquica; es un delincuente primitivo, como diría Penta. El brujo y sus adeptos son en Cuba inmorales y delincuentes porque no han progresado; son salvajes traídos á un país civilizado.
Pero así como el brujo, según ya he dicho, cree en la virtualidad de sus ídolos, de sus embós y sortilegios, la misma buena fe se extiende a gran parte de sus actos, aun cuando éstos sean considerados como inmorales y delictuosos. Porque el brujo cree que el corazón de una niña es remedio contra un daño, ordena el asesinato para obtener aquél; porque cree en el poder de un fetiche formado con restos humanos, profana las tumbas; porque cree en la eficacia de una limpieza, de un embó y de un oráculo, y se considera como sacerdote, hechicero y agorero, estafa a sus víctimas cobrando el oyá. Y al fanatismo del brujo se une la amoralidad de sus supersticiones, para permitir ciertos actos que él tiene por éticamente indiferentes. No son delictuosos ni inmorales para él la aplicación de hechizos dañinos, ni la desnudez en sus ritos, ni los pornográficos consejos, etc. Un penalista clásico hablaría aquí de la atenuación del grado del delito por defecto de inteligencia de su autor; fe llega a veces hasta el punto de que sus actos, objetivamente antisociales, sean inspirados subjetivamente por fines altruístas; los embós, aun los que contienen sangre y huesos humanos, no son siempre para salar, y con gran frecuencia sirven para curar daños. Debe notarse, y ello es en gran parte consecuencia del anterior carácter, que el brujo es reincidente. Bien es verdad que la represión de la brujería no ha sido nunca rigorosa, ni las leyes consienten que sea eficaz; las penas comunes de multa y de breve privación de libertad no son para ellos sino riesgos del oficio, que pueden correrse ventajosamente a cambio de los beneficios que les proporciona su parasitismo. Pero no es menos cierto que el fetichismo, como suele decirse, está en la masa de la sangre de los negros africanos, y en mayor grado en la psiquis de los brujos. La brujería es deficiencia de evolución. Los que en ella creen siguen las mismas creencias que en su país, si son africanos, o si criollos, son los hijos de aquéllos y amamantados con sus mismas creencias; aparte de los blancos fetichistas que tanto se avecinan psicológicamente a los africanos, si es que no se identifican con éstos. Cuando el brujo de Africa y el de Cuba no son una misma persona, no media entre ellos más que un paso, una generación. El brujo afrocubano, desde el punto de vista criminológico, es lo que Lombroso llamaría un delincuente nato, y este carácter de congénito puede aplicarse a todos sus atrasos morales, además de a su delincuencia. Pero el brujo nato no lo es por atavismo, en el sentido riguroso de esta palabra, es decir, como un salto atrás del individuo con relación al estado de progreso de la especie que forma el medio social al cual aquél debe adaptarse; más bien puede decirse que al ser transportado de Africa a Cuba fue el medio social el que para él saltó improvisadamente hacia adelante, dejándolo con sus compatriotas en las profundidades de su salvajismo, en los primeros escalones de la evolución de su psiquis. Por esto, con mayor propiedad que por el atavismo, pueden definirse los caracteres del brujo por la primitividad psíquica; es un delincuente primitivo, como diría Penta. El brujo y sus adeptos son en Cuba inmorales y delincuentes porque no han progresado; son salvajes traídos a un país civilizado.
La observación de este tipo demuestra por contraste lo acertado de la teoría lombrosiana del atavismo, como explicación de la delincuencia. Si el brujo es primitivo porque su ambiente se hizo de repente superior, sin que él pudiera en su evolución dar un salto que restableciera la truncada adaptación al medio, el delincuente de las sociedades civilizadas es otro primitivo porque ha sido él el que ha saltado hacia atrás, incapaz de mantenerse en un superior nivel de progreso moral. En el primer caso es éste el que varía, en el segundo es el individuo; pero en ambos la adaptación es la misma é idénticos son sus efectos.
La observación de este tipo demuestra por contraste lo acertado de la teoría lombrosiana del atavismo, como explicación de la delincuencia. Si el brujo es primitivo porque su ambiente se hizo de repente superior, sin que él pudiera en su evolución dar un salto que restableciera la truncada adaptación al medio, el delincuente de las sociedades civilizadas es otro primitivo porque ha sido él el que ha saltado hacia atrás, incapaz de mantenerse en un superior nivel de progreso moral. En el primer caso es éste el que varía, en el segundo es el individuo; pero en ambos la adaptación es la misma e idénticos son sus efectos.
Junto al brujo verdaderamente afro-cubano, al brujo que puede criminológicamente llamarse nato, vegeta otro brujo, criollo generalmente, siguiendo ó imitando las prácticas fetichistas de aquél, corrompidas por la acción del ambiente y de su propia psiquis algo progresados; es un brujo criminológicamente habitual, que explota esta forma de cómodo parasitismo por la determinación de factores sociales que lo arrastraron á ella, como lo hubieran conducido á otra análoga. Así como en el primero puede descubrirse un máximum de buena fe, ésta en el segundo no es sino un mínimum.
Junto al brujo verdaderamente afrocubano, al brujo que puede criminológicamente llamarse nato, vegeta otro brujo, criollo generalmente, siguiendo o imitando las prácticas fetichistas de aquél, corrompidas por la acción del ambiente y de su propia psiquis algo progresados; es un brujo criminológicamente habitual, que explota esta forma de cómodo parasitismo por la determinación de factores sociales que lo arrastraron a ella, como lo hubieran conducido a otra análoga. Así como en el primero puede descubrirse un máximum de buena fe, ésta en el segundo no es sino un mínimum.
En estas consideraciones que anteceden debe basarse toda obra de higienización social contra la brujería y de aniquilamiento de sus parásitos.
En estas consideraciones que anteceden debe basarse toda obra de higienización social contra la brujería y de aniquilamiento de sus parásitos.
IV. Con esta como con otras manifestaciones de antisocialidad ha sucedido y sigue sucediendo en Cuba lo que con la higiene, en general, ha ocurrido hasta no ha mucho. La acción de los poderes públicos fué siempre superficial; no pasó sino pocas veces de la promulgación de preceptos legales, y cuando quiso profundizar y hacer algo positivo, su acción, conducida por medios rutinarios, fué del todo perdida.
IV. Con esta como con otras manifestaciones de antisocialidad ha sucedido y sigue sucediendo en Cuba lo que con la higiene, en general, ha ocurrido hasta no ha mucho. La acción de los poderes públicos fue siempre superficial; no pasó sino pocas veces de la promulgación de preceptos legales, y cuando quiso profundizar y hacer algo positivo, su acción, conducida por medios rutinarios, fue del todo perdida.
En la legislación vigente en Cuba la brujería no ha sido atacada de frente y casi ni de flanco, y únicamente en aquellos casos en que notoriamente extiende su acción fuera de los borrosos límites marcados por la ley penal. Así, por ejemplo, en el caso de represión de un delito brujo, el del proceso de los asesinos de la niña Zoila en El Gabriel, se ha castigado el delito de asesinato; y lo mismo se hubiera sentenciado si el móvil del crimen hubiese sido la lujuria ó la venganza por no haber satisfecho la codicia de un calculado rescate, ó la malevolencia contra los padres de la tierna víctima, etc. La brujería no ha caracterizado el delito ante los tribunales. Y lo mismo sucede con los demás motivos legales de represión de la brujería. Son condenados los brujos en sus respectivos casos por los delitos de robo y hurto, por el de violación de sepulturas, por el de amenazas, por el de aborto, por el de estafa, y principalmente por comisión de faltas, tales como celebrar reuniones no autorizadas y tumultuosas, alteración del sosiego público, asociaciones ilícitas, ejercicio de la profesión médica, profanación de cadáveres y cementerios, arrojar animales muertos á la calle, etc.
En la legislación vigente en Cuba la brujería no ha sido atacada de frente y casi ni de flanco, y únicamente en aquellos casos en que notoriamente extiende su acción fuera de los borrosos límites marcados por la ley penal. Así, por ejemplo, en el caso de represión de un delito brujo, el del proceso de los asesinos de la niña Zoila en El Gabriel, se ha castigado el delito de asesinato; y lo mismo se hubiera sentenciado si el móvil del crimen hubiese sido la lujuria o la venganza por no haber satisfecho la codicia de un calculado rescate, o la malevolencia contra los padres de la tierna víctima, etc. La brujería no ha caracterizado el delito ante los tribunales. Y lo mismo sucede con los demás motivos legales de represión de la brujería. Son condenados los brujos en sus respectivos casos por los delitos de robo y hurto, por el de violación de sepulturas, por el de amenazas, por el de aborto, por el de estafa, y principalmente por comisión de faltas, tales como celebrar reuniones no autorizadas y tumultuosas, alteración del sosiego público, asociaciones ilícitas, ejercicio de la profesión médica, profanación de cadáveres y cementerios, arrojar animales muertos a la calle, etc.
Solamente una disposición del Código penal reconoce un aspecto de la brujería, si bien no bajo este nombre. Tal es el art. 614, que dice así: «Serán castigados con la pena de arresto menor, si el hecho no estuviese penado en el libro 2.º de este Código (es decir, como defraudación, especialmente por el art. 565), los que por interés ó lucro interpreten sueños, hicieran pronósticos ó adivinaciones, ó abusaren de la credulidad pública de otra manera semejante». Á la pena de arresto menor puede añadirse el comiso de los efectos que se empleen para adivinaciones ú otros engaños semejantes, dispuesto por el inciso 7.º del art. 630 del mismo cuerpo legal.
Solamente una disposición del Código penal reconoce un aspecto de la brujería, si bien no bajo este nombre. Tal es el art. 614, que dice así: «Serán castigados con la pena de arresto menor, si el hecho no estuviese penado en el libro 2.º de este Código (es decir, como defraudación, especialmente por el art. 565), los que por interés o lucro interpreten sueños, hicieran pronósticos o adivinaciones, o abusaren de la credulidad pública de otra manera semejante». A la pena de arresto menor puede añadirse el comiso de los efectos que se empleen para adivinaciones u otros engaños semejantes, dispuesto por el inciso 7.º del art. 630 del mismo cuerpo legal.
Pero dicho se está que la disposición represiva está casi olvidada y que el art. 614 del Código penal es de hecho, como se dice, letra muerta, así como lo suele ser en los demás países la ley represiva de las formas modernas de magia y adivinación, si es que existe.
Pero dicho se está que la disposición represiva está casi olvidada y que el art. 614 del Código penal es de hecho, como se dice, letra muerta, así como lo suele ser en los demás países la ley represiva de las formas modernas de magia y adivinación, si es que existe.
Merece observarse también que el interés ó el lucro es lo que para la ley hace que la adivinación ó abuso semejante de la credulidad pública caiga bajo la sanción penal, y que dado el caso de un agorero desinteresado, por lo menos aparentemente, éste puede abusar de la mencionada credulidad pública sin incurrir en pena alguna.
Merece observarse también que el interés o el lucro es lo que para la ley hace que la adivinación o abuso semejante de la credulidad pública caiga bajo la sanción penal, y que dado el caso de un agorero desinteresado, por lo menos aparentemente, éste puede abusar de la mencionada credulidad pública sin incurrir en pena alguna.
Este criterio represivo no puede menos de ser deficiente. De él resulta que la brujería en sus conocidas y múltiples manifestaciones es tácitamente lícita; basta que no incurra en tal ó cual delito ó en tal ó cual falta ó contravención de policía, para que pueda subsistir, dentro de límites estrechos, si así se quiere, porque la red penal la envuelve casi completamente, pero al fin dentro de límites fijados por la ley, la mera existencia de los cuales basta para demostrar que resta un campo legal á la brujería. Pero además debe tenerse en cuenta que los actos delictuosos más comunes de los brujos, como el aborto, la estafa, las amenazas, etc., son difícilmente descubribles, porque los que pudieran ser acusadores, por su carácter de cómplices ó víctimas, están interesados en que permanezcan ocultos para evitar que sobre ellos recaiga también la sanción punitiva de los tribunales, ó la sanción pública del ridículo, ó la imaginaria ó real sanción vengativa del brujo. Asimismo sucede por lo que respecta á las faltas, el castigo de las cuales es aún más difícil, porque de los preceptos del tercer libro del Código penal no se ha hecho nunca todo el caso que se debiera, quedando su efectividad confiada casi exclusivamente á los más modestos funcionarios de Policía (de los que tiempo atrás se destacaba el tipo especial del celador, que á menudo era tan hampón como los del subsuelo del barrio por él vigilado), los cuales por la escasa transcendencia perjudicial de las faltas, por no distraer su actividad de atenciones y por motivos de tolerancia, más ó menos reprobables, no siempre han dedicado á la vigilancia del cumplimiento de aquélla todo el cuidado que sería de desear. Únanse á estas consideraciones las ya expuestas referentes á especiales causas de encubrimiento y hasta de repugnante apoyo á la brujería. De ahí que su campo de acción, más de lo que harían suponer los preceptos legales, se agrande y sea suficiente para permitir su ejercicio con cierta cómoda holgura, y consiguientemente el parasitismo de los brujos y la explotación é inmutable atraso de sus creyentes.
Este criterio represivo no puede menos de ser deficiente. De él resulta que la brujería en sus conocidas y múltiples manifestaciones es tácitamente lícita; basta que no incurra en tal o cual delito o en tal o cual falta o contravención de policía, para que pueda subsistir, dentro de límites estrechos, si así se quiere, porque la red penal la envuelve casi completamente, pero al fin dentro de límites fijados por la ley, la mera existencia de los cuales basta para demostrar que resta un campo legal a la brujería. Pero además debe tenerse en cuenta que los actos delictuosos más comunes de los brujos, como el aborto, la estafa, las amenazas, etc., son difícilmente descubribles, porque los que pudieran ser acusadores, por su carácter de cómplices o víctimas, están interesados en que permanezcan ocultos para evitar que sobre ellos recaiga también la sanción punitiva de los tribunales, o la sanción pública del ridículo, o la imaginaria o real sanción vengativa del brujo. Asimismo sucede por lo que respecta a las faltas, el castigo de las cuales es aún más difícil, porque de los preceptos del tercer libro del Código penal no se ha hecho nunca todo el caso que se debiera, quedando su efectividad confiada casi exclusivamente a los más modestos funcionarios de Policía (de los que tiempo atrás se destacaba el tipo especial del celador, que a menudo era tan hampón como los del subsuelo del barrio por él vigilado), los cuales por la escasa transcendencia perjudicial de las faltas, por no distraer su actividad de atenciones y por motivos de tolerancia, más o menos reprobables, no siempre han dedicado a la vigilancia del cumplimiento de aquélla todo el cuidado que sería de desear. Únanse a estas consideraciones las ya expuestas referentes a especiales causas de encubrimiento y hasta de repugnante apoyo a la brujería. De ahí que su campo de acción, más de lo que harían suponer los preceptos legales, se agrande y sea suficiente para permitir su ejercicio con cierta cómoda holgura, y consiguientemente el parasitismo de los brujos y la explotación e inmutable atraso de sus creyentes.
Si la represión de la brujería se ha dividido, se ha pulverizado, distribuyéndose en múltiples y angulosas direcciones, es porque ha sido inspirada, como todo el resto de los criterios penales vigentes, en el poco menos que estéril doctrinarismo clásico. Se han previsto tales y cuales delitos de faltas, pero la figura del brujo no la vió el legislador; así como se describieron y penaron el asesinato y el robo, quedaron en la sombra el asesino y el ladrón. Se quiere atacar á la brujería, y, en general á la delincuencia sin estudiar al brujo y al delincuente, sin descubrir los factores que la determinan. Se quiso extirpar la fiebre amarilla sin estudiar al enfermo ni descubrir su factor morboso. Y escribo esta comparación porque nada mejor que la victoria total que en Cuba hemos alcanzado contra la fiebre amarilla merced á la aplicación de enérgicos procedimientos médicos é higiénicos impuestos por la ciencia moderna tras el descubrimiento del doctor Finlay, el genial cubano, puede hacer vaticinar el éxito que se obtendría en la lucha contra la brujería, y, en general, contra las otras formas de la mala vida, si se siguieran los también enérgicos procedimientos represivos y preventivos (de terapéutica y profilaxis sociales) exigidos asimismo por el progreso científico contemporáneo. Demostrada la naturaleza de los delitos, y en general de los actos antisociales del brujo, y, por tanto, de su temibilidad, se descubre la diferencia que existe desde el punto de vista criminológico positivista entre la criminalidad del brujo y la de otra especie de delincuentes; entre el asesinato de una niña para obtener sus vísceras y aprovecharlas en la confección de un embó, y el asesinato de una niña para encubrir un estupro, por ejemplo. Así como idénticos fenómenos patológicos pueden obedecer á distintas causas, así crímenes iguales en la forma son producidos por móviles diferentes; de ahí que para combatir con éxito la enfermedad ó el delito sea preciso estudiarlos á través del individuo y en vista de sus causas eficientes.
Si la represión de la brujería se ha dividido, se ha pulverizado, distribuyéndose en múltiples y angulosas direcciones, es porque ha sido inspirada, como todo el resto de los criterios penales vigentes, en el poco menos que estéril doctrinarismo clásico. Se han previsto tales y cuales delitos de faltas, pero la figura del brujo no la vio el legislador; así como se describieron y penaron el asesinato y el robo, quedaron en la sombra el asesino y el ladrón. Se quiere atacar a la brujería, y, en general a la delincuencia sin estudiar al brujo y al delincuente, sin descubrir los factores que la determinan. Se quiso extirpar la fiebre amarilla sin estudiar al enfermo ni descubrir su factor morboso. Y escribo esta comparación porque nada mejor que la victoria total que en Cuba hemos alcanzado contra la fiebre amarilla merced a la aplicación de enérgicos procedimientos médicos e higiénicos impuestos por la ciencia moderna tras el descubrimiento del doctor Finlay, el genial cubano, puede hacer vaticinar el éxito que se obtendría en la lucha contra la brujería, y, en general, contra las otras formas de la mala vida, si se siguieran los también enérgicos procedimientos represivos y preventivos (de terapéutica y profilaxis sociales) exigidos asimismo por el progreso científico contemporáneo. Demostrada la naturaleza de los delitos, y en general de los actos antisociales del brujo, y, por tanto, de su temibilidad, se descubre la diferencia que existe desde el punto de vista criminológico positivista entre la criminalidad del brujo y la de otra especie de delincuentes; entre el asesinato de una niña para obtener sus vísceras y aprovecharlas en la confección de un embó, y el asesinato de una niña para encubrir un estupro, por ejemplo. Así como idénticos fenómenos patológicos pueden obedecer a distintas causas, así crímenes iguales en la forma son producidos por móviles diferentes; de ahí que para combatir con éxito la enfermedad o el delito sea preciso estudiarlos a través del individuo y en vista de sus causas eficientes.
La campaña contra la brujería debe tener dos objetivos: uno inmediato, la destrucción de los focos infectivos; mediato el otro, la desinfección del ambiente, para impedir que se mantenga y se reproduzca el mal.
La campaña contra la brujería debe tener dos objetivos: uno inmediato, la destrucción de los focos infectivos; mediato el otro, la desinfección del ambiente, para impedir que se mantenga y se reproduzca el mal.
Para luchar con mayores probabilidades de éxito que ahora contra la brujería, es preciso ante todo que la personalidad del brujo se ponga á la vista, para dirigir contra ella los primeros ataques. Como ya he dicho, el brujo no es, por ejemplo, homicida porque sus supersticiones lo lleven forzosamente á este delito, sino porque la delictuosidad particular de su psiquis se revela á través de su actividad profesional. Si hay un brujo que necesita un corazón infantil y para obtenerlo mata, habrá otros cuya más avanzada evolución moral los refrenará y los desviará de ese delito por un derivativo de menor gravedad. Pero si bien esto es cierto, no lo es menos que todo brujo afro-cubano, aun sin incurrir en determinado delito (lo cual es poco menos que imposible), es un factor antisocial que debe ser eliminado, para el bien de nuestra sociedad, de la misma manera que en las sociedades cultas se combate la mendicidad, la vagancia y la embriaguez, aun cuando no sean formas de delictuosidad. Basta que un individuo sea probadamente brujo de profesión para que merezca ser objeto de la oportuna acción social defensiva. Dada la imposibilidad de que en Cuba, como en los demás países, se pase de un salto á la actuación de las reformas que proclama la moderna ciencia criminológica, no cabe pedir por ahora que cese de aplicarse el criterio represivo consistente en punir la delictuosidad de los brujos por cada una de sus manifestaciones. No obstante, el primer paso en firme que ha de darse consiste en que el simple ejercicio habitual de la brujería pase al catálogo legal de los actos delictuosos. Es decir: búsquese una forma de represión para el que vive de la brujería, para el que tiene su práctica como profesión, sin peligro de seguir juzgando singularmente los demás delitos en que éste incurra, hasta tanto que el progreso criminológico traiga más radicales innovaciones.
Para luchar con mayores probabilidades de éxito que ahora contra la brujería, es preciso ante todo que la personalidad del brujo se ponga a la vista, para dirigir contra ella los primeros ataques. Como ya he dicho, el brujo no es, por ejemplo, homicida porque sus supersticiones lo lleven forzosamente a este delito, sino porque la delictuosidad particular de su psiquis se revela a través de su actividad profesional. Si hay un brujo que necesita un corazón infantil y para obtenerlo mata, habrá otros cuya más avanzada evolución moral los refrenará y los desviará de ese delito por un derivativo de menor gravedad. Pero si bien esto es cierto, no lo es menos que todo brujo afrocubano, aun sin incurrir en determinado delito (lo cual es poco menos que imposible), es un factor antisocial que debe ser eliminado, para el bien de nuestra sociedad, de la misma manera que en las sociedades cultas se combate la mendicidad, la vagancia y la embriaguez, aun cuando no sean formas de delictuosidad. Basta que un individuo sea probadamente brujo de profesión para que merezca ser objeto de la oportuna acción social defensiva. Dada la imposibilidad de que en Cuba, como en los demás países, se pase de un salto a la actuación de las reformas que proclama la moderna ciencia criminológica, no cabe pedir por ahora que cese de aplicarse el criterio represivo consistente en punir la delictuosidad de los brujos por cada una de sus manifestaciones. No obstante, el primer paso en firme que ha de darse consiste en que el simple ejercicio habitual de la brujería pase al catálogo legal de los actos delictuosos. Es decir: búsquese una forma de represión para el que vive de la brujería, para el que tiene su práctica como profesión, sin peligro de seguir juzgando singularmente los demás delitos en que éste incurra, hasta tanto que el progreso criminológico traiga más radicales innovaciones.
No importa para aplicar este criterio de represión de los brujos por el mero hecho de ser tales, saber si el brujo es un redomado bribón que explota y engaña á sabiendas la credulidad de sus adeptos, ó si es el primer creyente de sus hechizos y de su culto, y percibe el precio de sus servicios sobrenaturales como una subjetivamente justa recompensa á su labor. Si esta consideración actualmente podría decidir, dentro del clasicismo penal imperante, una gradación de la pena, según el dolo que se reconociera al brujo en cada caso, bajo una teoría positivista no determinaría sino una variación en la forma de tratamiento conveniente, según que el brujo fuese un convencido de su hechicería ó un simple parásito, que se vale de esta forma de sugestión como se valdría de otra cualquiera. Pero la represión en todo caso se impone. Hoy, que el determinismo criminológico ha fijado la temibilidad del reo como base científica de la penalidad, ó, mejor dicho, de la reacción social, establecer que el brujo es un individuo temible por ser socialmente perjudicial es extender hasta él la acción defensiva de la sociedad.
No importa para aplicar este criterio de represión de los brujos por el mero hecho de ser tales, saber si el brujo es un redomado bribón que explota y engaña a sabiendas la credulidad de sus adeptos, o si es el primer creyente de sus hechizos y de su culto, y percibe el precio de sus servicios sobrenaturales como una subjetivamente justa recompensa a su labor. Si esta consideración actualmente podría decidir, dentro del clasicismo penal imperante, una gradación de la pena, según el dolo que se reconociera al brujo en cada caso, bajo una teoría positivista no determinaría sino una variación en la forma de tratamiento conveniente, según que el brujo fuese un convencido de su hechicería o un simple parásito, que se vale de esta forma de sugestión como se valdría de otra cualquiera. Pero la represión en todo caso se impone. Hoy, que el determinismo criminológico ha fijado la temibilidad del reo como base científica de la penalidad, o, mejor dicho, de la reacción social, establecer que el brujo es un individuo temible por ser socialmente perjudicial es extender hasta él la acción defensiva de la sociedad.
El criterio de represión especial de la brujería no es tampoco un retroceso, como á primera vista pudiera creerse, que nos haría volver á los tiempos pasados, en que la hechicería era uno de los más aborrecidos crímenes. No se trata de encender hogueras para celebrar con los brujos nuevos autos de fe, ni de estrangularlos por medio del garrote, esa máquina de muerte que todavía conservamos en Cuba. Antiguamente se castigaba á los brujos precisamente porque se creía en sus adivinaciones y hechizos, y secundarizmente porque quedaban fuera de la fe ortodoxa, como herejes y renegados. Así lo prueban las consideraciones que hace Alfonso el Sabio en su código de las Siete Partidas, disponiendo el castigo de los agoreros ó sorteros ó fechiceros que catan agüeros de aves ó de estornudos ó de palabras, ó echan suertes, etc., mientras permite la adivinación por la Astrología, Porque—dice—los juyzios y los asmamientos que se dan por esta arte, son catados por el curso natural de los planetas e de las estrellas, e fueron tomados de los libros de Ptolomeo, asimismo castiga con pena de muerte á los hechiceros y necromantes, estableciendo á la vez que los que ficieron encantamiento ó otras cosas con entención buena, asi coma sacar demonios de los cuerpos de los omes, ú para desligar á los que fuesen marido e mujer que non pudiesen convenir, ó para desatar nieve que echase granizo ó niebla Porque non corrompiese los frutos; ó para matar langosta ó pulgón que dañe el pan ó las viñas, ó por alguna otra razón provechosa semejante destas non deve aver pena; ante dezimos, que debe recebir galardón por ello. Los brujos de aquel entonces eran tenidos por sacerdotes y amigos del diablo, por motivos de que ya he tratado, y las persecuciones contra ellos, como contra los enemigos de la religión dominante, no fueron sino un aspecto de las luchas religiosas que ensangrentaron á Europa. El progreso intelectual y político hizo reaccionar á los pensadores contra la cruenta, absurda y contraproducente represión de la hechicería y de la criminalidad en general. Pero si respecto de ésta motivó una progresiva atenuación de las penas, que ha llegado á ser dañosa por lo exagerada, respecto de la brujería abolió por completo toda penalidad, como radical reacción contra el carácter religioso de tal delito, asimilado al de herejía, á ciertos sacrilegios y demás delitos incompatibles con la conquistada libertad de las conciencias. Y la reacción abolicionista fué en este campo tan radical, que se llegó á olvidar la existencia de individuos que seguían practicando la hechicería y la adivinación, y explotando la credulidad de las gentes de manera tan perjudicial, por lo menos, como otra forma de parasitismo delincuente; pues si bien es verdad que á las hogueras inquisitoriales fueron la mayor parte de las víctimas, especialmente mujeres, infelices que hoy irían á manos de los psiquiatras, y otros culpables de independencia intelectual ó política, no es menos cierto que siempre hubo verdaderos hechiceros, astrólogos, nicrománticos, brujos, en fin, que vivían de su misteriosa profesión, no siempre clandestina.
El criterio de represión especial de la brujería no es tampoco un retroceso, como a primera vista pudiera creerse, que nos haría volver a los tiempos pasados, en que la hechicería era uno de los más aborrecidos crímenes. No se trata de encender hogueras para celebrar con los brujos nuevos autos de fe, ni de estrangularlos por medio del garrote, esa máquina de muerte que todavía conservamos en Cuba. Antiguamente se castigaba a los brujos precisamente porque se creía en sus adivinaciones y hechizos, y secundarizmente porque quedaban fuera de la fe ortodoxa, como herejes y renegados. Así lo prueban las consideraciones que hace Alfonso el Sabio en su código de las Siete Partidas, disponiendo el castigo de los agoreros o sorteros o fechiceros que catan agüeros de aves o de estornudos o de palabras, o echan suertes, etc., mientras permite la adivinación por la Astrología, Porque—dice—los juyzios y los asmamientos que se dan por esta arte, son catados por el curso natural de los planetas e de las estrellas, e fueron tomados de los libros de Ptolomeo, asimismo castiga con pena de muerte a los hechiceros y necromantes, estableciendo a la vez que los que ficieron encantamiento o otras cosas con entención buena, asi coma sacar demonios de los cuerpos de los omes, u para desligar a los que fuesen marido e mujer que non pudiesen convenir, o para desatar nieve que echase granizo o niebla Porque non corrompiese los frutos; o para matar langosta o pulgón que dañe el pan o las viñas, o por alguna otra razón provechosa semejante destas non deve aver pena; ante dezimos, que debe recebir galardón por ello. Los brujos de aquel entonces eran tenidos por sacerdotes y amigos del diablo, por motivos de que ya he tratado, y las persecuciones contra ellos, como contra los enemigos de la religión dominante, no fueron sino un aspecto de las luchas religiosas que ensangrentaron a Europa. El progreso intelectual y político hizo reaccionar a los pensadores contra la cruenta, absurda y contraproducente represión de la hechicería y de la criminalidad en general. Pero si respecto de ésta motivó una progresiva atenuación de las penas, que ha llegado a ser dañosa por lo exagerada, respecto de la brujería abolió por completo toda penalidad, como radical reacción contra el carácter religioso de tal delito, asimilado al de herejía, a ciertos sacrilegios y demás delitos incompatibles con la conquistada libertad de las conciencias. Y la reacción abolicionista fue en este campo tan radical, que se llegó a olvidar la existencia de individuos que seguían practicando la hechicería y la adivinación, y explotando la credulidad de las gentes de manera tan perjudicial, por lo menos, como otra forma de parasitismo delincuente; pues si bien es verdad que a las hogueras inquisitoriales fueron la mayor parte de las víctimas, especialmente mujeres, infelices que hoy irían a manos de los psiquiatras, y otros culpables de independencia intelectual o política, no es menos cierto que siempre hubo verdaderos hechiceros, astrólogos, nicrománticos, brujos, en fin, que vivían de su misteriosa profesión, no siempre clandestina.✦
Nota de Ortiz: Partida VII, tít. XXI
Pero actualmente, cuando ya la ciencia ha producido la incredulidad en el poder sobrenatural ó diabólico de hechiceros buenos ó malos, y en la bondad de los actos de adivinación, sean éstos basados en el vuelo de las aves ó en los libros de Ptolomeo, la sociedad debe defenderse de los brujos, no dando un paso atrás, para volver á perseguir en ellos á los enemigos de las supersticiones ortodoxas ni á los aliados del demonio, sino avanzando un paso más para atacar de frente una de tantas formas de parasitismo social, que se mantiene con caracteres especiales y bien definidos. La higienización social ha de llegar hasta este campo como al del alcoholismo, la vagancia, la mendicidad, etc., que en tiempos anteriores no merecían la atención de los poderes públicos y hasta el desarrollo de algunas de estas llagas, como la mendicidad, era favorecida por errados conceptos religiosos.
Pero actualmente, cuando ya la ciencia ha producido la incredulidad en el poder sobrenatural o diabólico de hechiceros buenos o malos, y en la bondad de los actos de adivinación, sean éstos basados en el vuelo de las aves o en los libros de Ptolomeo, la sociedad debe defenderse de los brujos, no dando un paso atrás, para volver a perseguir en ellos a los enemigos de las supersticiones ortodoxas ni a los aliados del demonio, sino avanzando un paso más para atacar de frente una de tantas formas de parasitismo social, que se mantiene con caracteres especiales y bien definidos. La higienización social ha de llegar hasta este campo como al del alcoholismo, la vagancia, la mendicidad, etc., que en tiempos anteriores no merecían la atención de los poderes públicos y hasta el desarrollo de algunas de estas llagas, como la mendicidad, era favorecida por errados conceptos religiosos.
Al extender el criterio de represión directa de la brujería hasta el caso en que el brujo no cometa ninguno de los actos reconocidos como delictuosos por la presente ley penal, es decir, hasta el caso en que el brujo reduzca su actividad al mero ejercicio de sus funciones sacerdotales, puede nacer una objeción aparente. Puede decirse; al perseguir el culto brujo, cuando éste no se manifiesta bajo ninguna forma ilícita, ¿no se violará el principio de la libertad de pensamiento, de la libertad de cultos, reconocido por nuestra Constitución política y por tantas otras? Si el brujo que se limita á ser sacerdote de su religión ha de ser sometido á una persecución legítima, ¿por qué no han de serlo á la vez los sacerdotes de todos los otros cultos? Si la religión fetichista es juzgada como falsa, ¿por qué no han de serlo las demás? ¿Ó es que el poder social ha de restablecer la tiranía religiosa, tolerando unas y persiguiendo otras? Desde este punto de vista no iba desencaminada aquella opinión parlamentaria expuesta en una de nuestras Cámaras Colegisladoras. Si se aprueba tal artículo de tal proyecto de ley, se decía, por la cual los alcaldes deben proteger todo culto religioso, siempre que se celebre en el interior de su respectivo templo, dichas autoridades quedarán obligadas á proteger el ejercicio del culto de la brujería, lo cual sería un absurdo.
Al extender el criterio de represión directa de la brujería hasta el caso en que el brujo no cometa ninguno de los actos reconocidos como delictuosos por la presente ley penal, es decir, hasta el caso en que el brujo reduzca su actividad al mero ejercicio de sus funciones sacerdotales, puede nacer una objeción aparente. Puede decirse; al perseguir el culto brujo, cuando éste no se manifiesta bajo ninguna forma ilícita, ¿no se violará el principio de la libertad de pensamiento, de la libertad de cultos, reconocido por nuestra Constitución política y por tantas otras? Si el brujo que se limita a ser sacerdote de su religión ha de ser sometido a una persecución legítima, ¿por qué no han de serlo a la vez los sacerdotes de todos los otros cultos? Si la religión fetichista es juzgada como falsa, ¿por qué no han de serlo las demás? ¿O es que el poder social ha de restablecer la tiranía religiosa, tolerando unas y persiguiendo otras? Desde este punto de vista no iba desencaminada aquella opinión parlamentaria expuesta en una de nuestras Cámaras Colegisladoras. Si se aprueba tal artículo de tal proyecto de ley, se decía, por la cual los alcaldes deben proteger todo culto religioso, siempre que se celebre en el interior de su respectivo templo, dichas autoridades quedarán obligadas a proteger el ejercicio del culto de la brujería, lo cual sería un absurdo.✦
Nota de Ortiz: Cámara de Representantes: Sesión del día 16 de
Ante todo, el caso de un brujo exclusivamente sacerdote, que no prepare hechizos ni practique agüeros, no puede darse sino como una abstracción mental, fuera de la realidad, ni presumible en un procedimiento judicial positivista, Precisamente el carácter sacerdo- tal es el más debilitado, porque se basa en una fe tan primitiva que se desmorona ante un escaso progreso intelectual, y si se sostiene y logrará permanecer por mucho tiempo no será sino como parte integrante de la agorería y de la hechicería. Las pasiones humanas no se contentan en el bajo nivel psíquico propio de los brujos, con la mística esperanza de la futura justicia divina; necesitan la inmediata satisfacción por medio de un embó maléfico ó benéfico, ó de las revelaciones de un agúero. De modo que pensar en un brujo cuya moral sea tan superior que le haga abandonar toda práctica delictuosa ó antisocial, y que, sin embargo, se halle intelectualmente en tan primitivo estado de barbarie religiosa, es un absurdo psicológico acerca de cuya imposibilidad no es necesario insistir. Pero como quiera que los convencionalismos procesales pudieran suponer este caso, cuando faltasen pruebas de dichas prácticas especialmente ilícitas, hay que suponerlo aquí también y combatir aún sobre esta base hipotética la objeción de referencia.
Ante todo, el caso de un brujo exclusivamente sacerdote, que no prepare hechizos ni practique agüeros, no puede darse sino como una abstracción mental, fuera de la realidad, ni presumible en un procedimiento judicial positivista, Precisamente el carácter sacerdo- tal es el más debilitado, porque se basa en una fe tan primitiva que se desmorona ante un escaso progreso intelectual, y si se sostiene y logrará permanecer por mucho tiempo no será sino como parte integrante de la agorería y de la hechicería. Las pasiones humanas no se contentan en el bajo nivel psíquico propio de los brujos, con la mística esperanza de la futura justicia divina; necesitan la inmediata satisfacción por medio de un embó maléfico o benéfico, o de las revelaciones de un agúero. De modo que pensar en un brujo cuya moral sea tan superior que le haga abandonar toda práctica delictuosa o antisocial, y que, sin embargo, se halle intelectualmente en tan primitivo estado de barbarie religiosa, es un absurdo psicológico acerca de cuya imposibilidad no es necesario insistir. Pero como quiera que los convencionalismos procesales pudieran suponer este caso, cuando faltasen pruebas de dichas prácticas especialmente ilícitas, hay que suponerlo aquí también y combatir aún sobre esta base hipotética la objeción de referencia.✦
Nota de Ortiz: Noviembre de 1904. Discurso del representante Sr. Sobrado.
La ciencia ha dicho ya que la religión no es sino una función patológica de defensa; pero aunque así sea, no cabe duda de que cuando es propia de sociedades algo civilizadas alcanza una especie de simbiosis, por cierta intensificación de la coacción subjetiva al cumplimiento de las normas de la moralidad, aunque por las clases intelectualmente directoras se tengan por caducos los principios en que se funda. La moralidad, que subsiste fuera de las religiones, es para éstas un sustentáculo sin el cual caerían aquéllas más prontamente en el desprestigio; las religiones, en cambio, se preocupan de reforzar mediante la sugestión del miedo á ultratumba la fuerza coactiva de los principios morales, muchos de los cuales, á su vez se debilitarían sin aquéllas, como se debilitarán y atrofiarán al fin, y serían sustituidos por otros cuyo advenimiento se juzga todavía prematuro. Pero en la religión fetichista de los afro-cubanos no se descubre esta relativa ventaja social. La brujería, como he dicho varias veces, es amoral, y juzgada con especial criterio sociológico, desde el punto de vista de su transcendencia en la sociedad cubana, es hasta inmoral y delictuosa. Aun considerándola solamente como amoral, ¿puede haber una razón que justifique la tolerancia de la sociedad cubana hacia esta forma de barbarie que mancha y refrena su civilización? Siendo groseros y brutales los dioses de la brujería, como sus representaciones, ¿por qué tolerar su existencia y posible difusión de las supersticiones á ellos referentes, si no pueden producir ventaja social alguna que pueda servirle de asidero, pues, al contrario, mantiene y hasta acrecienta el atraso intelectual y moral de grandes masas de nuestro pueblo? Tuviera la brujería su moral, como las demás religiones practicadas en Cuba, adaptable á la moral media elaborada por la sociedad cubana, y fuera tolerable, así como el parasitismo que de ella deriva; pero no siendo así, el progreso exige que se barran estos restos de salvajismo africano que infectan nuestro país y tanto perjudican, especialmente á las clases en que ellos hacen presa, las cuales, libres de esas trabas intelectuales, pueden colaborar eficazmente á la obra de la civilización.
La ciencia ha dicho ya que la religión no es sino una función patológica de defensa; pero aunque así sea, no cabe duda de que cuando es propia de sociedades algo civilizadas alcanza una especie de simbiosis, por cierta intensificación de la coacción subjetiva al cumplimiento de las normas de la moralidad, aunque por las clases intelectualmente directoras se tengan por caducos los principios en que se funda. La moralidad, que subsiste fuera de las religiones, es para éstas un sustentáculo sin el cual caerían aquéllas más prontamente en el desprestigio; las religiones, en cambio, se preocupan de reforzar mediante la sugestión del miedo a ultratumba la fuerza coactiva de los principios morales, muchos de los cuales, a su vez se debilitarían sin aquéllas, como se debilitarán y atrofiarán al fin, y serían sustituidos por otros cuyo advenimiento se juzga todavía prematuro. Pero en la religión fetichista de los afrocubanos no se descubre esta relativa ventaja social. La brujería, como he dicho varias veces, es amoral, y juzgada con especial criterio sociológico, desde el punto de vista de su transcendencia en la sociedad cubana, es hasta inmoral y delictuosa. Aun considerándola solamente como amoral, ¿puede haber una razón que justifique la tolerancia de la sociedad cubana hacia esta forma de barbarie que mancha y refrena su civilización? Siendo groseros y brutales los dioses de la brujería, como sus representaciones, ¿por qué tolerar su existencia y posible difusión de las supersticiones a ellos referentes, si no pueden producir ventaja social alguna que pueda servirle de asidero, pues, al contrario, mantiene y hasta acrecienta el atraso intelectual y moral de grandes masas de nuestro pueblo? Tuviera la brujería su moral, como las demás religiones practicadas en Cuba, adaptable a la moral media elaborada por la sociedad cubana, y fuera tolerable, así como el parasitismo que de ella deriva; pero no siendo así, el progreso exige que se barran estos restos de salvajismo africano que infectan nuestro país y tanto perjudican, especialmente a las clases en que ellos hacen presa, las cuales, libres de esas trabas intelectuales, pueden colaborar eficazmente a la obra de la civilización.
Lo primero, pues, en la lucha defensiva contra la brujería ha de ser acabar con los brujos, aislarlos de sus fieles, como los enfermos de fiebre amarilla, porque la brujería es esencialmente contagiosa, y mientras aquéllos gocen de libertad más ó menos completa para continuar su parasitismo, éste subsistirá y procurará mantener los seres que le sustentan en la pasividad intelectual necesaria para que sigan soportándolo hasta con agrado. Desaparecidos aquellos embaucadores, terminadas sus fiestas, danzas y salvajes ritos, desbaratados sus templos, decomisados sus impotentes dioses, cortados todos estos tentáculos de la brujería, que encadenan á sus creyentes al fondo bárbaro de nuestra sociedad, podrán éstos, libres de ataduras, ir aligerando sus aún no desafricanizadas mentes del peso de sus farraginosas supersticiones y subir á sucesivas zonas de cultura.
Lo primero, pues, en la lucha defensiva contra la brujería ha de ser acabar con los brujos, aislarlos de sus fieles, como los enfermos de fiebre amarilla, porque la brujería es esencialmente contagiosa, y mientras aquéllos gocen de libertad más o menos completa para continuar su parasitismo, éste subsistirá y procurará mantener los seres que le sustentan en la pasividad intelectual necesaria para que sigan soportándolo hasta con agrado. Desaparecidos aquellos embaucadores, terminadas sus fiestas, danzas y salvajes ritos, desbaratados sus templos, decomisados sus impotentes dioses, cortados todos estos tentáculos de la brujería, que encadenan a sus creyentes al fondo bárbaro de nuestra sociedad, podrán éstos, libres de ataduras, ir aligerando sus aún no desafricanizadas mentes del peso de sus farraginosas supersticiones y subir a sucesivas zonas de cultura.
Para conseguirlo no hay que llegar, ciertamente, á un radical procedimiento de eliminación social, como sería la pena de muerte, incompatible con el progreso penitenciario contemporáneo, que ya ha fallado su desaparición.
Para conseguirlo no hay que llegar, ciertamente, a un radical procedimiento de eliminación social, como sería la pena de muerte, incompatible con el progreso penitenciario contemporáneo, que ya ha fallado su desaparición.
La expulsión de los brujos del territorio nacional, practicada tiempo atrás con los obis de las colonias inglesas podría merecer alguna consideración si fuese prácticamente posible su deportación á los países africanos de su procedencia, así como se expulsa á los inmigrantes nocivos, á ciertos delincuentes extranjeros, etc.; pero aun así, habiendo numerosos brujos criollos, esta medida resultaría de eficacia muy restringida. La expulsión general de todos los brujos, sin transportarlos á los países africanos, es opuesta á los actuales usos internacionales y á los sanos dictados de la ciencia, además de ser su ejecución prácticamente imposible.
La expulsión de los brujos del territorio nacional, practicada tiempo atrás con los obis de las colonias inglesas podría merecer alguna consideración si fuese prácticamente posible su deportación a los países africanos de su procedencia, así como se expulsa a los inmigrantes nocivos, a ciertos delincuentes extranjeros, etc.; pero aun así, habiendo numerosos brujos criollos, esta medida resultaría de eficacia muy restringida. La expulsión general de todos los brujos, sin transportarlos a los países africanos, es opuesta a los actuales usos internacionales y a los sanos dictados de la ciencia, además de ser su ejecución prácticamente imposible.✦
Nota de Ortiz: Bachiller y Morales: Los Negros, pág. 124.
No resta otro medio eliminativo que el de su reclusión, único sistema eficaz de aislamiento.
No resta otro medio eliminativo que el de su reclusión, único sistema eficaz de aislamiento.
Pero se choca con un obstáculo formidable, cual es el atrasado sistema penitenciario que todavía conservamos. Castigar al brujo al encierro en una de nuestras cárceles-jaulas, durante un plazo predeterminado por la sentencia, es injusto. Si la pena privativa de libertad es de breve duración, el brujo, glorificado por la persecución, no tardará en atraer, aun involuntariamente, sus antiguos fieles, y probablemente á otros nuevos. Si la reclusión es larga para evitar este retorno del brujo á su parasitismo, dados los actuales principios que determinan la liberación de los presos y el referido sistema de prisiones, se caerá en las injusticias científicas, si no legales, que en general origina su aplicación con respecto á casi todos los delincuentes reclusos, y que han sido con precisión señaladas por los criminólogos positivistas.
Pero se choca con un obstáculo formidable, cual es el atrasado sistema penitenciario que todavía conservamos. Castigar al brujo al encierro en una de nuestras cárceles-jaulas, durante un plazo predeterminado por la sentencia, es injusto. Si la pena privativa de libertad es de breve duración, el brujo, glorificado por la persecución, no tardará en atraer, aun involuntariamente, sus antiguos fieles, y probablemente a otros nuevos. Si la reclusión es larga para evitar este retorno del brujo a su parasitismo, dados los actuales principios que determinan la liberación de los presos y el referido sistema de prisiones, se caerá en las injusticias científicas, si no legales, que en general origina su aplicación con respecto a casi todos los delincuentes reclusos, y que han sido con precisión señaladas por los criminólogos positivistas.✦
Nota de Ortiz: Me refiero siempre a la reacción social contra la brujería, fuera de las acciones delictuosas especiales que puedan acompañarla.
En los reos de parasitismo brujo habría que distinguir las dos categorías á que me he referido ya: la de aquellos brujos fanáticos, que son tales por el convencimiento que tienen de llenar una función social, y si embaucan á sus creyentes y perciben sus oyás lo hacen sin ánimo preconcebido de explotarlos, ó sean los brujos de buena fe, los brujos criminológicamente natos, por decirlo así; y otra categoría, la de los brujos por hábito, que se han hecho tales y siguen siéndolo porque encuentran en la brujería un fácil modo de vida, un medio como tantos otros de explotar la ignorancia de las gentes. De los primeros, entre los cuales se contarán con preferencia los viejos africanos, no hay que esperar mutación alguna en su sistema de ideas: son brujos y morirán tales, son incorregibles. Los segundos, principalmente criollos, podrán abandonar sus prácticas supersticiosas según el arraigo de su hábito parasitario y deben ser equiparados á los demás delincuentes habituales, que pueden ser corregibles. Claro está que ambas categorías no están ni pueden estar perfectamente delimitadas, y que la inclusión de algún reo en una ú otra puede ser muchas veces dudosa; así sucede con todas las categorías y clasificaciones imaginables de delincuentes, y, en general, de todos los seres de la Naturaleza.
En los reos de parasitismo brujo habría que distinguir las dos categorías a que me he referido ya: la de aquellos brujos fanáticos, que son tales por el convencimiento que tienen de llenar una función social, y si embaucan a sus creyentes y perciben sus oyás lo hacen sin ánimo preconcebido de explotarlos, o sean los brujos de buena fe, los brujos criminológicamente natos, por decirlo así; y otra categoría, la de los brujos por hábito, que se han hecho tales y siguen siéndolo porque encuentran en la brujería un fácil modo de vida, un medio como tantos otros de explotar la ignorancia de las gentes. De los primeros, entre los cuales se contarán con preferencia los viejos africanos, no hay que esperar mutación alguna en su sistema de ideas: son brujos y morirán tales, son incorregibles. Los segundos, principalmente criollos, podrán abandonar sus prácticas supersticiosas según el arraigo de su hábito parasitario y deben ser equiparados a los demás delincuentes habituales, que pueden ser corregibles. Claro está que ambas categorías no están ni pueden estar perfectamente delimitadas, y que la inclusión de algún reo en una u otra puede ser muchas veces dudosa; así sucede con todas las categorías y clasificaciones imaginables de delincuentes, y, en general, de todos los seres de la Naturaleza.
Para los brujos de la primera categoría el aislamiento del ambiente propicio á las supersticiones, especialmente del femenino, debería ser perpetuo. Pero no se trata de recluir á los brujos, de encerrarlos como bestias feroces, ni de sustituir su parasitismo sacerdotal por su parasitismo penitenciario. La sociedad no debe sustentar al brujo recluido, en vez de los crédulos que lo sustentan actualmente. El brujo no debe ser objeto de otra reacción social defensiva que la de su aislamiento del ambiente en que puede arraigar su parasitismo, y la general de ser constreñido al trabajo, solamente para ganarse su propio sustento. Por otra parte, la reclusión de los brujos en las prisiones sería inconveniente y á veces peligrosa. Si eran encerrados, como es usual, en el presidio ó en las cárceles, en tal ó cual galera, junto con los delincuentes de su raza, probablemente continuarían su parasitismo á costa de los criminales, pues éstos serían el campo más favorable para el cultivo de sus supersticiones. Cuando ingresaron en la cárcel los brujos procesados por el asesinato del Gabriel los presos se apartaban de ellos con temor y evitaban su contacto, porque creían en su poder misterioso. Además, aunque sometidos al deficiente régimen de trabajo impuesto en el interior de la prisión, éste sería poco menos que improductivo. Y aunque la reclusión especial de los brujos en galera particular fuese posible, no lo sería, como está probado hasta la saciedad, evitar sus relaciones con los demás presos. Esta dificultad de conseguir el aislamiento del brujo se allanaría en gran parte mediante la aplicación á ellos de un riguroso sistema celular; pero esto pugna, con razón, con los principios de la moderna ciencia penal.
Para los brujos de la primera categoría el aislamiento del ambiente propicio a las supersticiones, especialmente del femenino, debería ser perpetuo. Pero no se trata de recluir a los brujos, de encerrarlos como bestias feroces, ni de sustituir su parasitismo sacerdotal por su parasitismo penitenciario. La sociedad no debe sustentar al brujo recluido, en vez de los crédulos que lo sustentan actualmente. El brujo no debe ser objeto de otra reacción social defensiva que la de su aislamiento del ambiente en que puede arraigar su parasitismo, y la general de ser constreñido al trabajo, solamente para ganarse su propio sustento. Por otra parte, la reclusión de los brujos en las prisiones sería inconveniente y a veces peligrosa. Si eran encerrados, como es usual, en el presidio o en las cárceles, en tal o cual galera, junto con los delincuentes de su raza, probablemente continuarían su parasitismo a costa de los criminales, pues éstos serían el campo más favorable para el cultivo de sus supersticiones. Cuando ingresaron en la cárcel los brujos procesados por el asesinato del Gabriel los presos se apartaban de ellos con temor y evitaban su contacto, porque creían en su poder misterioso. Además, aunque sometidos al deficiente régimen de trabajo impuesto en el interior de la prisión, éste sería poco menos que improductivo. Y aunque la reclusión especial de los brujos en galera particular fuese posible, no lo sería, como está probado hasta la saciedad, evitar sus relaciones con los demás presos. Esta dificultad de conseguir el aislamiento del brujo se allanaría en gran parte mediante la aplicación a ellos de un riguroso sistema celular; pero esto pugna, con razón, con los principios de la moderna ciencia penal.
Si en Cuba hubiera una verdadera colonia penitenciaria el problema estaría casi resuelto, pues en ella los brujos podrían ser dedicados á trabajos especiales, aislados de las demás categorías de delincuentes.
Si en Cuba hubiera una verdadera colonia penitenciaria el problema estaría casi resuelto, pues en ella los brujos podrían ser dedicados a trabajos especiales, aislados de las demás categorías de delincuentes.
Pero aun en la actualidad los brujos meramente tales, es decir, los que no han sido declarados delincuentes por otras causas, podrían ser sometidos á un régimen de trabajo y á la vez de aislamiento de los ambientes infectos ó infectables, rompiendo de una vez con el vigente rutinarismo penal en la ley que se promulgara sobre represión de la brujería, destinando á los nuevos delincuentes á ciertos trabajos fáciles en ciertos establecimientos públicos; por ejemplo: á la limpieza y servicio interior de fortalezas, cuarteles, etc., ú en obras públicas, siempre que se garantizase mediante algunos vigilantes la separación, durante las horas de ocio por lo menos, de los demás trabajadores honrados ó criminales, y no fuesen sometidos á trabajos ni más ni menos pesados que los obreros libres. Lo mismo puede decirse para las escasas mujeres brujas profesionales. Su ocupación no sería difícil (lavado, costura, etc.). Estas soluciones se facilitan por el número relativamente escaso de brujos en relación con las demás clases de delincuentes.
Pero aun en la actualidad los brujos meramente tales, es decir, los que no han sido declarados delincuentes por otras causas, podrían ser sometidos a un régimen de trabajo y a la vez de aislamiento de los ambientes infectos o infectables, rompiendo de una vez con el vigente rutinarismo penal en la ley que se promulgara sobre represión de la brujería, destinando a los nuevos delincuentes a ciertos trabajos fáciles en ciertos establecimientos públicos; por ejemplo: a la limpieza y servicio interior de fortalezas, cuarteles, etc., u en obras públicas, siempre que se garantizase mediante algunos vigilantes la separación, durante las horas de ocio por lo menos, de los demás trabajadores honrados o criminales, y no fuesen sometidos a trabajos ni más ni menos pesados que los obreros libres. Lo mismo puede decirse para las escasas mujeres brujas profesionales. Su ocupación no sería difícil (lavado, costura, etc.). Estas soluciones se facilitan por el número relativamente escaso de brujos en relación con las demás clases de delincuentes.
Sin embargo, por la necesaria condición de especial aislamiento en que deben mantenerse los brujos, en esta categoría de incorregibles deberían entrar no sólo los meramente tales, sino también los brujos que hubiesen sido condenados por otros delitos, siempre que la brujería sea en ellos profesional y caracterice los delitos, como sucede en el caso del brujo Bocú, asesino por pura brujería. Porque encerrar á estos con los demás delincuentes y no á los demás brujos, sería un absurdo, tanto más cuanto que la temibilidad de los primeros es mayor, pues su fanatismo los lleva más allá del parasitismo, hasta el crimen.
Sin embargo, por la necesaria condición de especial aislamiento en que deben mantenerse los brujos, en esta categoría de incorregibles deberían entrar no sólo los meramente tales, sino también los brujos que hubiesen sido condenados por otros delitos, siempre que la brujería sea en ellos profesional y caracterice los delitos, como sucede en el caso del brujo Bocú, asesino por pura brujería. Porque encerrar a estos con los demás delincuentes y no a los demás brujos, sería un absurdo, tanto más cuanto que la temibilidad de los primeros es mayor, pues su fanatismo los lleva más allá del parasitismo, hasta el crimen.
La mayor ó menor temibilidad podría dar motivo á una vigilancia más ó menos estrecha para mantener su aislamiento y evitar la fuga, pero no á una diferencia radical de tratamiento penitenciario respecto al aislamiento. Estos casos quedarían también solventados por la colonia penitenciaria; pero no hay que pensar en ella por ahora.
La mayor o menor temibilidad podría dar motivo a una vigilancia más o menos estrecha para mantener su aislamiento y evitar la fuga, pero no a una diferencia radical de tratamiento penitenciario respecto al aislamiento. Estos casos quedarían también solventados por la colonia penitenciaria; pero no hay que pensar en ella por ahora.
Para la segunda categoría de brujos, para aquellos que embaucan á sabiendas y que generalmente no cometen en el ejercicio de sus funciones más que leves delitos contra la propiedad, algún aborto, etc., porque su fanatismo inexistente ó débil, por lo menos, no los ciega hasta impulsarlos á correr los peligros del crimen grave; para estos brujos, que no son sino una categoría de estafadores, cuya temibilidad social se intensifica y caracteriza por la circunstancia de que las víctimas lo son de buen grado y hasta quedan agradecidas de la explotación parasitaria, para esos brujos pueden señalarse los criterios penales aplicables á los demás delincuentes análogos, siempre con la norma del aislamiento. Para muchos bastaría la aplicación de penas hoy llamadas correccionales, la obligación de trabajar habitualmente en oficio por ellos elegido, bajo la vigilancia de la autoridad; la condena condicional, etc.
Para la segunda categoría de brujos, para aquellos que embaucan a sabiendas y que generalmente no cometen en el ejercicio de sus funciones más que leves delitos contra la propiedad, algún aborto, etc., porque su fanatismo inexistente o débil, por lo menos, no los ciega hasta impulsarlos a correr los peligros del crimen grave; para estos brujos, que no son sino una categoría de estafadores, cuya temibilidad social se intensifica y caracteriza por la circunstancia de que las víctimas lo son de buen grado y hasta quedan agradecidas de la explotación parasitaria, para esos brujos pueden señalarse los criterios penales aplicables a los demás delincuentes análogos, siempre con la norma del aislamiento. Para muchos bastaría la aplicación de penas hoy llamadas correccionales, la obligación de trabajar habitualmente en oficio por ellos elegido, bajo la vigilancia de la autoridad; la condena condicional, etc.
Pero todo lo expuesto es inactuable mientras dure el caduco clasicismo dominante en las leyes penales y en las prisiones. La eficaz represión no podrá obtenerse sino á medida que evolucione el vigente régimen criminológico hacia fórmulas más conformes con los descubrimientos y principios científicos contemporáneos. Pero al menos un avance en ese sentido, que no es muy difícil, es la consideración legal del parasitismo brujo como un delito especial sometido á determinada pena; y, además, dado que no se quieran aplicar criterios punitivos especiales á ciertos delitos caracterizados por la brujería, considérese á ésta como circunstancia agravante ciertamente, con fundamento tan justo como el que motivó, por ejemplo, la agravante de ser vago el culpable, pues no hay duda de que el parasitismo brujo es tan antisocial, por lo menos, como el de la vagancia.
Pero todo lo expuesto es inactuable mientras dure el caduco clasicismo dominante en las leyes penales y en las prisiones. La eficaz represión no podrá obtenerse sino a medida que evolucione el vigente régimen criminológico hacia fórmulas más conformes con los descubrimientos y principios científicos contemporáneos. Pero al menos un avance en ese sentido, que no es muy difícil, es la consideración legal del parasitismo brujo como un delito especial sometido a determinada pena; y, además, dado que no se quieran aplicar criterios punitivos especiales a ciertos delitos caracterizados por la brujería, considérese a ésta como circunstancia agravante ciertamente, con fundamento tan justo como el que motivó, por ejemplo, la agravante de ser vago el culpable, pues no hay duda de que el parasitismo brujo es tan antisocial, por lo menos, como el de la vagancia.
Desde luego, en todo caso, aun cuando no se llegase á una condena, deberían decomisarse los ídolos, imágenes, collares, fetiches, altares, chumbas y demás enseres y cachivaches de los templos brujos, los cuales, al menos los más característicos, en vez de ser destruídos, como se ha hecho hasta ahora, debieran ser destinados á uno de nuestros museos. Para obtener esto no es necesaria ninguna innovación legal; bastaría una recomendación de los centros directores competentes para mover la buena voluntad de las autoridades inferiores judiciales en pro de la propuesta conservación de dichos objetos en interés de la ciencia.
Desde luego, en todo caso, aun cuando no se llegase a una condena, deberían decomisarse los ídolos, imágenes, collares, fetiches, altares, chumbas y demás enseres y cachivaches de los templos brujos, los cuales, al menos los más característicos, en vez de ser destruidos, como se ha hecho hasta ahora, debieran ser destinados a uno de nuestros museos. Para obtener esto no es necesaria ninguna innovación legal; bastaría una recomendación de los centros directores competentes para mover la buena voluntad de las autoridades inferiores judiciales en pro de la propuesta conservación de dichos objetos en interés de la ciencia.
Pero al emprender con decisión y seriedad la lucha directa contra la brujería, destruyendo los focos de infección, no hay que olvidar que entre éstos pueden contarse ciertos parásitos no incluídos en la clase de brujos, tal como éstos son definidos generalmente en Cuba y como han sido estudiados en este trabajo. Refiérome en primer lugar al curandero, que tanto abunda y que tantos puntos de contacto tiene con el brujo, especialmente cuando explota los fenómenos del magnetismo é hipnotismo, tomando la aptitud de un inspirado por los espíritus; y, en segundo lugar, á las adivinadoras blancas, que con diversos nombres (quirománticas, clarividentes, palmistas, cartománticas, sonámbulas etc.) se titulan infalibles escrutadoras de lo oculto, y cuyos templos son conocidos de todos y anunciados por la Prensa; que uno y otras contribuyen á mantener y explotar la credulidad de las gentes ignorantes en la causalidad de los fenómenos de la Naturaleza y de la vida, no es preciso demostrarlo. Los curanderos y las adivinadoras no son sino brujos evolucionados y especializados, y que, por lo tanto, ejercen su parasitismo en clases superiores, á pesar de la relativa superioridad intelectual de éstas, que en algunos casos llega á ser externamente de refinada cultura, sin tocar á la médula, que se mantiene salvaje. La expresión popular en Cuba de indios con levita, dicha por una parisiense, tiene respecto á esta cuestión una aplicación más general de lo que comúnmente se cree; hasta en la misma Ville Lumière, en cuyos boulevards, como dice un francés, Berenger Feraud, se encuentran crédulos tan ciegos como en el centro de África.
Pero al emprender con decisión y seriedad la lucha directa contra la brujería, destruyendo los focos de infección, no hay que olvidar que entre éstos pueden contarse ciertos parásitos no incluidos en la clase de brujos, tal como éstos son definidos generalmente en Cuba y como han sido estudiados en este trabajo. Refiérome en primer lugar al curandero, que tanto abunda y que tantos puntos de contacto tiene con el brujo, especialmente cuando explota los fenómenos del magnetismo e hipnotismo, tomando la aptitud de un inspirado por los espíritus; y, en segundo lugar, a las adivinadoras blancas, que con diversos nombres (quirománticas, clarividentes, palmistas, cartománticas, sonámbulas etc.) se titulan infalibles escrutadoras de lo oculto, y cuyos templos son conocidos de todos y anunciados por la Prensa; que uno y otras contribuyen a mantener y explotar la credulidad de las gentes ignorantes en la causalidad de los fenómenos de la Naturaleza y de la vida, no es preciso demostrarlo. Los curanderos y las adivinadoras no son sino brujos evolucionados y especializados, y que, por lo tanto, ejercen su parasitismo en clases superiores, a pesar de la relativa superioridad intelectual de éstas, que en algunos casos llega a ser externamente de refinada cultura, sin tocar a la médula, que se mantiene salvaje. La expresión popular en Cuba de indios con levita, dicha por una parisiense, tiene respecto a esta cuestión una aplicación más general de lo que comúnmente se cree; hasta en la misma Ville Lumière, en cuyos boulevards, como dice un francés, Berenger Feraud, se encuentran crédulos tan ciegos como en el centro de África.✦
Nota de Ortiz: Superstitions, etc., t. V, pág. 393.
Los curanderos por ejercicio ilícito de la medicina, éstos y las adivinadoras por parasitismo social, que se basa en pequeñas é incesantes estafas, pueden y deben ser comprendidos en la órbita de la represión de la brujería y sometidos á penas correccionales, hasta sin necesidad de que el legislador dé nuevas armas al poder judicial; bastan las actuales para poder efectuar una campaña represiva que sería muy eficaz, pues hay que tener en cuenta que curanderos y adivinas son, en su gran mayoría, por no decir en absoluto, embaucadores á sabiendas, que, conocedores de la credulidad común, la explotan astutamente adoptando procedimientos sugestivos en consonancia con el barniz de civilización de las que han de ser sus víctimas, y, por lo tanto, no oponen el inquebrantable fanatismo de los brujos afro-cubanos.
Los curanderos por ejercicio ilícito de la medicina, éstos y las adivinadoras por parasitismo social, que se basa en pequeñas e incesantes estafas, pueden y deben ser comprendidos en la órbita de la represión de la brujería y sometidos a penas correccionales, hasta sin necesidad de que el legislador dé nuevas armas al poder judicial; bastan las actuales para poder efectuar una campaña represiva que sería muy eficaz, pues hay que tener en cuenta que curanderos y adivinas son, en su gran mayoría, por no decir en absoluto, embaucadores a sabiendas, que, conocedores de la credulidad común, la explotan astutamente adoptando procedimientos sugestivos en consonancia con el barniz de civilización de las que han de ser sus víctimas, y, por lo tanto, no oponen el inquebrantable fanatismo de los brujos afrocubanos.
Las medidas de represión podrían extenderse también á los adeptos de la brujería, en algunos casos, para dificultar la realización de ciertos actos brujos; tales, por ejemplo, las danzas rituales, las comilonas con motivo de las fiestas, la aplicación de embós intencionalmente benéficos ó maléficos, ó realmente inocentes ó dañinos, etc., porque á estos actos cooperan aquéllos positivamente. En estos casos serían convenientes las penas leves, que hoy ya se dictan por nuestros tribunales correccionales, como las multas y la reclusión breve con trabajo obligatorio.
Las medidas de represión podrían extenderse también a los adeptos de la brujería, en algunos casos, para dificultar la realización de ciertos actos brujos; tales, por ejemplo, las danzas rituales, las comilonas con motivo de las fiestas, la aplicación de embós intencionalmente benéficos o maléficos, o realmente inocentes o dañinos, etc., porque a estos actos cooperan aquéllos positivamente. En estos casos serían convenientes las penas leves, que hoy ya se dictan por nuestros tribunales correccionales, como las multas y la reclusión breve con trabajo obligatorio.
Hasta aquí la acción social inmediata que puede eficazmente dirigirse contra la brujería. Ella no basta, sin embargo, y la sociedad debe utilizar en su defensa métodos indirectos de resultado mediato, pero infalible (los llamados por Ferri sustitutivos penales), ó sea la progresiva inmunización contra el microbio de la brujería.
Hasta aquí la acción social inmediata que puede eficazmente dirigirse contra la brujería. Ella no basta, sin embargo, y la sociedad debe utilizar en su defensa métodos indirectos de resultado mediato, pero infalible (los llamados por Ferri sustitutivos penales), o sea la progresiva inmunización contra el microbio de la brujería.
Para obtenerla es indispensable la intensa difusión de la instrucción en todas las clases de la República; no de la instrucción superficial que se adquiere generalmente cuando niños, sino de la que abarque sólidas nociones científicas acerca de la causación real de los fenómenos naturales y hasta de los sociales. Si la instrucción nada vale respecto á los brujos en particular, pues éstos por su salvajismo ó su mala fe están imposibilitados de recoger de aquélla fruto alguno que les sirva de provecho, y, antes al contrario, puede ser utilizada para extender su radio de acción (como se vió en las cartas del brujo Bocú), no obstante, difundida entre los crédulos producirá á la larga su progresiva disminución, pues se harán de cada día más refractarios á las supersticiones y al parasitismo de los feticheros. La acción instructiva, no sólo con referencia á la brujería, sino en relación con el nivel general de incultura en nuestras clases inferiores, y aun bajo ciertos aspectos más restringidos á las clases algo elevadas intelectualmente, no debe abandonarse por completo á las escuelas públicas y á los establecimientos llamados de enseñanza superior. No será eficaz si no penetra directamente en el mismo vulgo ignorante. Al efecto son útiles toda clase de conferencias públicas de carácter popular, continuas y sistemáticas, breves cursos que pongan al alcance de todos los descubrimientos y adelantos en el campo de las ciencias naturales y de las sociológicas. Para ello bastaría una dosis de buena voluntad, de esa voluntad que nos roba la anemia tropical, é inspirarnos en las instituciones de vulgarización científica, universidades populares, etcétera, de que tan ópimos frutos se están recogiendo en el extranjero.
Para obtenerla es indispensable la intensa difusión de la instrucción en todas las clases de la República; no de la instrucción superficial que se adquiere generalmente cuando niños, sino de la que abarque sólidas nociones científicas acerca de la causación real de los fenómenos naturales y hasta de los sociales. Si la instrucción nada vale respecto a los brujos en particular, pues éstos por su salvajismo o su mala fe están imposibilitados de recoger de aquélla fruto alguno que les sirva de provecho, y, antes al contrario, puede ser utilizada para extender su radio de acción (como se vio en las cartas del brujo Bocú), no obstante, difundida entre los crédulos producirá a la larga su progresiva disminución, pues se harán de cada día más refractarios a las supersticiones y al parasitismo de los feticheros. La acción instructiva, no sólo con referencia a la brujería, sino en relación con el nivel general de incultura en nuestras clases inferiores, y aun bajo ciertos aspectos más restringidos a las clases algo elevadas intelectualmente, no debe abandonarse por completo a las escuelas públicas y a los establecimientos llamados de enseñanza superior. No será eficaz si no penetra directamente en el mismo vulgo ignorante. Al efecto son útiles toda clase de conferencias públicas de carácter popular, continuas y sistemáticas, breves cursos que pongan al alcance de todos los descubrimientos y adelantos en el campo de las ciencias naturales y de las sociológicas. Para ello bastaría una dosis de buena voluntad, de esa voluntad que nos roba la anemia tropical, e inspirarnos en las instituciones de vulgarización científica, universidades populares, etcétera, de que tan ópimos frutos se están recogiendo en el extranjero.
Como el asunto, si bien de eficaz aplicación contra la brujería, es de índole general, no insisto en él. No es sino un capítulo de la pedagogía moderna, una fase de los deberes de cooperación intelectual que el progreso de las sociedades impone á las clases directoras.
Como el asunto, si bien de eficaz aplicación contra la brujería, es de índole general, no insisto en él. No es sino un capítulo de la pedagogía moderna, una fase de los deberes de cooperación intelectual que el progreso de las sociedades impone a las clases directoras.
La instrucción, sin embargo, no destruirá la brujería en pocas generaciones; pero, al menos, contribuirá á su desafricanización, y, por lo tanto, á la desaparición de las formas más graves de la delictuosidad bruja y de los brujos africanos, que al irse civilizando se harán adaptables, resultando menos intolerable su parasitismo, análogamente á las actuales adivinas blancas.
La instrucción, sin embargo, no destruirá la brujería en pocas generaciones; pero, al menos, contribuirá a su desafricanización, y, por lo tanto, a la desaparición de las formas más graves de la delictuosidad bruja y de los brujos africanos, que al irse civilizando se harán adaptables, resultando menos intolerable su parasitismo, análogamente a las actuales adivinas blancas.
La instrucción no es, como se creyó, una panacea infalible para curar la delincuencia, siendo á veces hasta perjudicial y favorable al aumento de ésta; pero respecto á la brujería, obrará en dos sentidos: sobre los brujos, haciendo que sean menos bárbaros, menos violentos, aunque sí más astutos, y sobre los adeptos de la brujería, despertando en ellos sus dormidas inteligencias y elevándolos hasta dejar rezagados á los brujos y poder huir de las garras de su parasitismo, que hoy hace presa fácilmente en masas compactas, disgregables á medida que la instrucción vaya abriendo brecha en el vulgo ignorante.
La instrucción no es, como se creyó, una panacea infalible para curar la delincuencia, siendo a veces hasta perjudicial y favorable al aumento de ésta; pero respecto a la brujería, obrará en dos sentidos: sobre los brujos, haciendo que sean menos bárbaros, menos violentos, aunque sí más astutos, y sobre los adeptos de la brujería, despertando en ellos sus dormidas inteligencias y elevándolos hasta dejar rezagados a los brujos y poder huir de las garras de su parasitismo, que hoy hace presa fácilmente en masas compactas, disgregables a medida que la instrucción vaya abriendo brecha en el vulgo ignorante.
Ha de ayudar también á la lucha contra el fanatismo y las supersticiones brujas toda acción social tendente á limitar la extensión de los fenómenos religiosos, especialmente la exteriorización de sus ritos, cualquiera que sea la confesión que los inspire. Para algunos también la religión ha sido la única salvaguardia contra todos los vicios; pero se ha demostrado el error parcial de esta creencia. Como dice Lombroso: «La religión es útil cuando se funda absolutamente sobre la moral y abandona el culto de las fórmulas. Esto no puede realizarse sino en las religiones nuevas. Todas en un principio son morales; pero en seguida, poco á poco, se cristalizan, y las prácticas rituales ahogan el principio moral menos fácil de concebir y de ser retenido por el vulgo. Los nuevos sectarios, monoideístas entonces, están defendidos por la idea contra las pasiones innobles». Sería preciso, pues, que vinieran á Cuba religiones nuevas y superiores, para poder confiar en una acción religiosa moralizadora. Acaso entonces se podría observar un fenómeno análogo al que expone el mismo Lombroso: que la conversión de los negros de los Estados Unidos al metodismo ha impulsado su mejoramiento moral. Pero, no obstante, mientras la psiquis africana se mantenga en Cuba con el mismo arraigo de ahora, una cruzada evangélica, por fructífera que fuese, no lograría desterrar el fetichismo, ni quebrantar el parasitismo brujo, que en la propia primitividad de sus supersticiones halla una condición de vitalidad, cual es la amoralidad que lo aleja de las luchas religiosas y lo hace compatible con las diversas iglesias cuyas predicaciones catequistas son principalmente morales. Además, aunque amputado el elemento religioso de la brujería por la conversión en masa de sus fieles á una teología moral, subsistiría la base principal del parasitismo brujo, el ejercicio de la hechicería y de la adivinación, que nada tienen que ver con la moral, ni con los dogmas tal como son entendidos por el vulgo, aparte de una vaga intervención de las divinidades, y ya sabemos que los fetichistas afro-cubanos no se muestran intransigentes en materias teológicas, y que una simple suma de panteones basta, según ellos, para soldar dos credos religiosos. Más bien lograría prosélitos entre los fetichistas afro-cubanos la predicación de una de esas absurdas sectas, creadas por verdaderos paranoicos—como dice Lombroso—que tan á menudo aparecen como fuegos fatuos sobre los ruinosos dogmas de las viejas religiones, y especialmente si presentara algún aspecto sobrenatural ó de hechicería. Los fetichistas de Cuba, para abandonar su fetichismo, aunque temporal y superficialmente, necesitan ver milagros, porque una religión sin milagros no es para ellos. Que el ambiente es propicio para una epidemia religiosa en ese sentido lo demuestra la agitación producida por cierto sujeto apodado ombre Dios en algunas comarcas de la República, donde su milagrería andante llegó á motivar alteraciones de orden público. Pero una predicación religiosa que arrastrara creyentes, no conseguiría sino sustituir un parasitismo por otro, unas supersticiones por otras, y mantener la intelectualidad de los afro-cubanos, poco más ó menos, en el mismo atraso actual. Por esto debe perseguirse el mejoramiento intelectual del pueblo, para atenuar y canalizar, por lo menos, el sentimiento religioso.
Ha de ayudar también a la lucha contra el fanatismo y las supersticiones brujas toda acción social tendente a limitar la extensión de los fenómenos religiosos, especialmente la exteriorización de sus ritos, cualquiera que sea la confesión que los inspire. Para algunos también la religión ha sido la única salvaguardia contra todos los vicios; pero se ha demostrado el error parcial de esta creencia. Como dice Lombroso: «La religión es útil cuando se funda absolutamente sobre la moral y abandona el culto de las fórmulas. Esto no puede realizarse sino en las religiones nuevas. Todas en un principio son morales; pero en seguida, poco a poco, se cristalizan, y las prácticas rituales ahogan el principio moral menos fácil de concebir y de ser retenido por el vulgo. Los nuevos sectarios, monoideístas entonces, están defendidos por la idea contra las pasiones innobles». Sería preciso, pues, que vinieran a Cuba religiones nuevas y superiores, para poder confiar en una acción religiosa moralizadora. Acaso entonces se podría observar un fenómeno análogo al que expone el mismo Lombroso: que la conversión de los negros de los Estados Unidos al metodismo ha impulsado su mejoramiento moral. Pero, no obstante, mientras la psiquis africana se mantenga en Cuba con el mismo arraigo de ahora, una cruzada evangélica, por fructífera que fuese, no lograría desterrar el fetichismo, ni quebrantar el parasitismo brujo, que en la propia primitividad de sus supersticiones halla una condición de vitalidad, cual es la amoralidad que lo aleja de las luchas religiosas y lo hace compatible con las diversas iglesias cuyas predicaciones catequistas son principalmente morales. Además, aunque amputado el elemento religioso de la brujería por la conversión en masa de sus fieles a una teología moral, subsistiría la base principal del parasitismo brujo, el ejercicio de la hechicería y de la adivinación, que nada tienen que ver con la moral, ni con los dogmas tal como son entendidos por el vulgo, aparte de una vaga intervención de las divinidades, y ya sabemos que los fetichistas afrocubanos no se muestran intransigentes en materias teológicas, y que una simple suma de panteones basta, según ellos, para soldar dos credos religiosos. Más bien lograría prosélitos entre los fetichistas afrocubanos la predicación de una de esas absurdas sectas, creadas por verdaderos paranoicos—como dice Lombroso—que tan a menudo aparecen como fuegos fatuos sobre los ruinosos dogmas de las viejas religiones, y especialmente si presentara algún aspecto sobrenatural o de hechicería. Los fetichistas de Cuba, para abandonar su fetichismo, aunque temporal y superficialmente, necesitan ver milagros, porque una religión sin milagros no es para ellos. Que el ambiente es propicio para una epidemia religiosa en ese sentido lo demuestra la agitación producida por cierto sujeto apodado ombre Dios en algunas comarcas de la República, donde su milagrería andante llegó a motivar alteraciones de orden público. Pero una predicación religiosa que arrastrara creyentes, no conseguiría sino sustituir un parasitismo por otro, unas supersticiones por otras, y mantener la intelectualidad de los afrocubanos, poco más o menos, en el mismo atraso actual. Por esto debe perseguirse el mejoramiento intelectual del pueblo, para atenuar y canalizar, por lo menos, el sentimiento religioso.✦
Nota de Ortiz: El Delito, trad. esp., Madrid; pág. 105.
Nota de Ortiz: Ob. cit. pág. 193.
Nota de Ortiz: Sin embargo, habría que analizar si esta conversión es causa del progreso moral o efecto del mismo y del intelectual, o ambas cosas a la vez.
Nota de Ortiz: Así sucede en los Estados Unidos, Jamaica, etc.
Tampoco es preciso que me extienda sobre este tema, aspecto parcial, aunque de los más importantes, de la marcha progresiva de la civilización humana. Después de expuestos los contactos, semejanzas y puntos de identidad entre el culto civilizado más extendido en Cuba y la brujería, es evidente que la debilitación del uno ha de redundar en perjuicio de la otra, por más que para algunos esta afirmación parezca paradójica. Atenuándose de cada día el sentimiento religioso, por lo menos tal como hoy se manifiesta, llegará la pulverización de todos los ídolos, el olvido de dogmas estériles y su sustitución por ideales de positivo altruísmo.
Tampoco es preciso que me extienda sobre este tema, aspecto parcial, aunque de los más importantes, de la marcha progresiva de la civilización humana. Después de expuestos los contactos, semejanzas y puntos de identidad entre el culto civilizado más extendido en Cuba y la brujería, es evidente que la debilitación del uno ha de redundar en perjuicio de la otra, por más que para algunos esta afirmación parezca paradójica. Atenuándose de cada día el sentimiento religioso, por lo menos tal como hoy se manifiesta, llegará la pulverización de todos los ídolos, el olvido de dogmas estériles y su sustitución por ideales de positivo altruísmo.
Un aspecto parcial de esta campaña civilizadora habría de ser la prohibición de la venta de oraciones indiscutiblemente atávicas y hasta delictuosas, como la del Justo Juez, de la piedra imán, etc., que hoy se venden públicamente.
Un aspecto parcial de esta campaña civilizadora habría de ser la prohibición de la venta de oraciones indiscutiblemente atávicas y hasta delictuosas, como la del Justo Juez, de la piedra imán, etc., que hoy se venden públicamente.
Sería conveniente también para combatir el ejercicio de la brujería terapéutica y del curanderismo, el aumento de los médicos rurales municipales, para poner gratuitamente al alcance de todos los necesitados los beneficios de la ciencia, y poder vigilar más de cerca y eficazmente las prácticas ilícitas de los embaucadores.
Sería conveniente también para combatir el ejercicio de la brujería terapéutica y del curanderismo, el aumento de los médicos rurales municipales, para poner gratuitamente al alcance de todos los necesitados los beneficios de la ciencia, y poder vigilar más de cerca y eficazmente las prácticas ilícitas de los embaucadores.
Entre los medios de sugestión por los cuales logran los brujos rodearse de un núcleo de adeptos, cuéntanse los bailes africanos, que al son de tambores celebran, periódicamente si pueden, con el aparente objeto de divertirse inocentemente. Las autoridades, especialmente las rurales, podrían aumentar su celo en la vigilancia de tales bailes, que pueden encubrir fiestas religiosas, negando el permiso á quienes fueren sospechosos de brujería, inspeccionando los lugares donde se celebran, etc.
Entre los medios de sugestión por los cuales logran los brujos rodearse de un núcleo de adeptos, cuéntanse los bailes africanos, que al son de tambores celebran, periódicamente si pueden, con el aparente objeto de divertirse inocentemente. Las autoridades, especialmente las rurales, podrían aumentar su celo en la vigilancia de tales bailes, que pueden encubrir fiestas religiosas, negando el permiso a quienes fueren sospechosos de brujería, inspeccionando los lugares donde se celebran, etc.
No habiendo razón para excluir de la represión del parasitismo brujo á los curanderos y á las modernas sibilas, debiera excitarse la buena voluntad de la Prensa ex pro de su acción civilizadora, no para tener oculta esta llaga social, como tampoco las otras, sino para dejar de hacer el reclamo á las explotadoras de la credulidad, y á veces de la infelicidad humana, suprimiendo desde luego los anuncios directos, aun los de las páginas destinadas en los periódicos á la publicidad particular, del mismo modo que la Prensa honrada se resiste á publicar anuncios de delincuentes y de pecadoras. Tampoco debieran publicarse las corrientes entrevistas con las adivinas, y la descripción de sus templos, siempre que ello redunde en pro de aquellos tipos de la mala vida, de la difusión de sus supersticiones y de la sugestión de nuevas víctimas. Al público se le puede hablar con toda claridad de las modernas magas, como de todos los aspectos del hampa, sin favorecer su parasitismo; para ello bastaría que al tratar de estos asuntos, aun á título de curiosidad, se comentaran como merecen y se suprimiera de ellos todo dato de carácter personal que pudiera favorecer particularmente el crédito de tal ó cual sibila, y, en general, el de todas.
No habiendo razón para excluir de la represión del parasitismo brujo a los curanderos y a las modernas sibilas, debiera excitarse la buena voluntad de la Prensa ex pro de su acción civilizadora, no para tener oculta esta llaga social, como tampoco las otras, sino para dejar de hacer el reclamo a las explotadoras de la credulidad, y a veces de la infelicidad humana, suprimiendo desde luego los anuncios directos, aun los de las páginas destinadas en los periódicos a la publicidad particular, del mismo modo que la Prensa honrada se resiste a publicar anuncios de delincuentes y de pecadoras. Tampoco debieran publicarse las corrientes entrevistas con las adivinas, y la descripción de sus templos, siempre que ello redunde en pro de aquellos tipos de la mala vida, de la difusión de sus supersticiones y de la sugestión de nuevas víctimas. Al público se le puede hablar con toda claridad de las modernas magas, como de todos los aspectos del hampa, sin favorecer su parasitismo; para ello bastaría que al tratar de estos asuntos, aun a título de curiosidad, se comentaran como merecen y se suprimiera de ellos todo dato de carácter personal que pudiera favorecer particularmente el crédito de tal o cual sibila, y, en general, el de todas.
El problema de la influencia de la Prensa en la delincuencia entra de lleno en el campo general de la criminología, por lo que me limito á extenderlo hasta el parasitismo brujo.
El problema de la influencia de la Prensa en la delincuencia entra de lleno en el campo general de la criminología, por lo que me limito a extenderlo hasta el parasitismo brujo.
Para la lucha contra la brujería pueden ser los auxiliares más eficaces del poder social aquellos individuos de color que, ascendidos por mérito de su inteligencia y de su moral á un nivel superior al de la mayoría de los de su raza, tienen entre éstos prestigio suficiente para facilitar en mucho la difusión de la cultura.
Para la lucha contra la brujería pueden ser los auxiliares más eficaces del poder social aquellos individuos de color que, ascendidos por mérito de su inteligencia y de su moral a un nivel superior al de la mayoría de los de su raza, tienen entre éstos prestigio suficiente para facilitar en mucho la difusión de la cultura.
Hay que confiar también para ello en las buenas y no desconocidas condiciones de la población cubana de color, que ha hecho imposibles en esta isla la triste situación y atraso que se observa en otras regiones de América, y es de asegurar que cuando sea más vigorosamente impulsada por la senda del progreso, secundará de buena voluntad la acción civilizadora, pues ya avanza con paso firme, alentador de esperanzas en futuros éxitos.
Hay que confiar también para ello en las buenas y no desconocidas condiciones de la población cubana de color, que ha hecho imposibles en esta isla la triste situación y atraso que se observa en otras regiones de América, y es de asegurar que cuando sea más vigorosamente impulsada por la senda del progreso, secundará de buena voluntad la acción civilizadora, pues ya avanza con paso firme, alentador de esperanzas en futuros éxitos.
Y hay que esperar también en la cultura y celo de las autoridades que rigen los derroteros de la patria recién nacida, las cuales deben dar más certeros golpes que hasta ahora contra ese baluarte de la ignorancia, que se aprovecha para vivir de la vis inertiae, que nos entumece y hace que aún sean de titubeante infancia nuestros actos de pueblo libre, actos que ya debieran acercarse á la robusta virilidad, siquiera por la larga y cruenta gestación revolucionaria que les precedió.
Y hay que esperar también en la cultura y celo de las autoridades que rigen los derroteros de la patria recién nacida, las cuales deben dar más certeros golpes que hasta ahora contra ese baluarte de la ignorancia, que se aprovecha para vivir de la vis inertiae, que nos entumece y hace que aún sean de titubeante infancia nuestros actos de pueblo libre, actos que ya debieran acercarse a la robusta virilidad, siquiera por la larga y cruenta gestación revolucionaria que les precedió.
Sobre todo luz, mucha luz, que las supersticiones no anidan sino en las sombras. Difundamos la instrucción, vulgaricemos las verdades científicas. Lo dijo uno de nuestros maestros: Sólo la verdad nos pondrá la toga viril.
Sobre todo luz, mucha luz, que las supersticiones no anidan sino en las sombras. Difundamos la instrucción, vulgaricemos las verdades científicas. Lo dijo uno de nuestros maestros: Sólo la verdad nos pondrá la toga viril.
Fuente del texto original: Texto: Fernando Ortiz, Hampa afro-cubana: Los negros brujos, con una carta-prólogo de Lombroso (Madrid, Editorial-América, c. 1917; escaneo en archive.org: hampa-afro-cubana-los-negros-brujos, cotejado con hampa-cubana-los-negros-brujos-fernando-ortiz), publicado antes de 1930 y por tanto de dominio público en EE. UU. Completo: 9 partes y 767 párrafos; solo se omiten los pies de figura breves y el índice. La columna izquierda reproduce la ortografía de la edición y la derecha la moderniza (a, o, e sin tilde, fue, dio…). Las notas que empiezan por «Nota de Ortiz» son del autor. Ortiz escribe con el lenguaje y los prejuicios criminológicos de su época. Edición digital: Biblioteca Conciencia Activa, Edición 2.0 (2026).